Series de deporte que suman
Hacer de abogado del diablo siempre me ha parecido más que interesante, quizá por el talante y por el espíritu dialogador de mi padre a la hora de argumentar y debatir sobre según qué temas. Eso de tomar una posición con la que no necesariamente estamos de acuerdo, o alternativa a la norma generalmente aceptada, ayuda a que los debates exploren otros pensamientos más a fondo y enriquece a todas las partes si están dispuestas a escuchar.
Esta figura se la debemos a la Iglesia católica. En los juicios y procesos de canonización su labor era la de objetar, buscar errores en la documentación aportada y exigir pruebas que demostraran los méritos del candidato a beatificar o santificar. Se ponía en el lado contrario. Fue un cortafuegos estupendo desde 1587 hasta hace bien poco.
Juan Pablo II en 1983 (antes de ayer) se cargó el oficio. ¿El objetivo? Realizar unas 500 canonizaciones y más de 1000 beatificaciones sin oposición. Multiplicó por cinco las hechas por sus antecesores ese mismo siglo. Por sus santos cataplines.
Es un peligro que ha salpicado a todas las esferas, que se han deshecho de sus abogados del diablo para no tener a esa mosca cojonera que hace de voz crítica en todo tipo de empresas y sociedades. Los que tenemos cierta edad recordamos cuando el ciclismo o el fútbol sala español, por citar dos ejemplos, tenían más espacio en proporción en los medios pese a contar con menos herramientas. El esfuerzo era notorio y recogían sus frutos. Crearon una generación más interesada en el polideportivo. Educaron y moldearon el gusto de su target.
El público elige qué tipo de contenidos consumir una vez ya han sido creados y ofertados. No antes. La relación coste-espectadores es la que manda y no en la misma medida, lo barato se impone con mayor contundencia a lo visualizado. Y conforme avanzaron las décadas de los ochenta y noventa fuimos observando como se compraban dos argumentos sin que nadie dentro de los medios de comunicación contrargumentara desde su sillón: “el resto de deportes no interesan y hace que no generen” y “replicar el modelo de L’Equipe en España es imposible porque nuestra sociedad es muy diferente”. En bucle hasta que todos lo asumieran como verdades universales.
La mayor cultura deportiva que existía en los medios tradicionales llegó a fortalecer nuestro balonmano, a ofrecer patrocinios, visibilidad y un mayor número de practicantes y federados en muchos deportes.
Pero se optó por culpar al espectador y por el cortoplacismo en el periodismo. Nadie contradecía ese discurso pese a tener el impulso de Barcelona’92 y la historia de su lado para hacerlo (durante la II República los periódicos deportivos habían sido mucho más plurales). Instalados en el conformismo y en la comodidad de las tendencias actuales, se enrocan en lugar de explorar en los cambios y en la calidad.
Las Pilotaris 1926 es una serie de ocho capítulos que cuenta la historia de las primeras deportistas federadas de España, retiradas por el régimen franquista.
Rompieron barreras, llenaron los frontones de España, México o Filipinas, y se codearon con estrellas de Hollywood mientras ganaban muchísimo dinero. Se construían negocios alrededor de sus figuras. Una historia que quedó silenciada y que a nadie le interesó repescar hasta que llegó Marc Cistaré.
Ya sabemos que controlar el relato es más importante que la realidad.
Supusieron el sustento de muchas familias y fueron de sumo interés en las casas de apuestas mientras luchaban contra la opresión de la época. En un mundo todavía más monopolizado por la influencia y poder del hombre, llegaron a lo más alto sorteando muchísimos obstáculos.
Ganar su propio dinero, revelarse frente al maltrato, rechazar la maternidad, buscarla cuando ellas quisieran o vivir con libertad su sexualidad. Muchos temas siguen por desgracia vigentes 100 años después y los vemos en una serie que nos enseña que tuvieron contratos profesionales, de estrellas, y una popularidad —cromos incluidos— que no se ha querido recuperar en ningún otro deporte.
Itzi, Chelo e Idoia son las pilotaris que nos muestran en este caso que todo depende de la voluntad de querer dar espacios relevantes. Lo demás, literatura. Podéis encontrarla, entre otros sitios, en Movistar+ o en À Punt, para ver como Peter Vives, en el papel de Alan Rider, se arriesga con ellas para ganar.
Aunque para ser justos, lo mejor de la serie son lo redondos, coherentes y maravillosamente bien construidos que están todos los personajes. Se fusionan con el ritmo de la ficción a la perfección y con el mensaje en todo momento, incluso cuando el thriller empieza a comerse la trama.
Si Ted Lasso, de Apple TV, deja el corazón calentito (posiblemente la mejor serie deportiva), Las Pelotaris lo aceleran.
Y si sois fans del beisbol, Ellas dan el golpe es una serie (Prime Video) de 2022 que en ocho episodios revisita y mejora aquella película de 1992 donde Madonna, Tom Hanks y Geena Davis nos contaban algo similar. La Segunda Guerra Mundial amenazaba con paralizar la liga de béisbol indefinidamente al estar todos los hombres en el frente y, claro, interesó darles una oportunidad a ellas. La financiación apareció. Brotó. Otra historia basada en hechos reales que protagonizan Abbi Jacobson y Chanté Adams y que deja con ganas de ocho capítulos más.
Y si el fútbol es el deporte que más pasiones os levanta: Home Ground (Heimebane), con la actuación estelar de John Alieu Carew, es una serie noruega de gran calidad —e imperdible— que vuelve a explicarnos la importancia de los abogados del diablo.








Deja un comentario