Una serie que muestra respeto por el personaje y por los géneros cinematográficos.
Una de las series de 2024 fue sin duda El Pingüino. Matt Reeves elevó al archiconocido villano en una serie digna de vitrina, con un guion cuyo original deberíamos conservar en un museo y con un Colin Farrell inconmensurable que ha dejado el listón tan alto que ni Armand Duplantis lo superaría. Por algo ganó su tercer Globo de Oro.
De todos los enemigos de DC es de lejos mi favorito. Siendo la franquicia especialista en crear grandes antagonistas —muy por encima de su competencia directa, quizá su forma de compensar que Marvel tenga unos héroes mucho más memorables— el mérito es aún mayor, pues lo bordó.
Hasta el mismísimo final va construyendo la historia de Oswald Cobblepot, una en la que todos colaboran sin excepción. La reimagina para regalarnos una reinterpretación sublime, algo complicadísimo después de tantos cómics y versiones realizadas desde 1941. Sin trucos efectistas, ni deus ex machina baratos pero manteniendo en vilo hasta los créditos. Lo que iban a ser ocho capítulos que conectarían The Batman con su próxima secuela (qué bueno saber que veremos de nuevo a Robert Pattinson) ha resultado no ser un puente si no una serie de culto. Sí, lo afirmo.
Y mucha culpa la tiene Cristin Milioti, que le llega a robar con su personaje el protagonismo a Oz. En cada diálogo y con su lenguaje no verbal atraviesa la pantalla. En la piel de Sofía Falcone sorprendió a todo el mundo con una villana que eclipsa a todo el cast y deja con ganas de más. La hija de Carmine tiene otra evolución redonda y perfecta. La cuadratura del círculo era posible. Después de todas las idas y venidas, todo encaja con una coherencia que empuja a levantarse y aplaudir.
El gusto por el mundo de la mafia dentro y fuera del universo de Batman es notable. Lo plasma en la fotografía, con esos contrastes rojos cuando entra en escena Sofía y con los colores fríos si es Oswald el que manda en la secuencia. Y en esa tensión sostenida en el ambiente, cuando Farrell pasea con una seguridad imposible en sí mismo pero que consigue hacer verosímil. La suerte del Pingüino se palpa.
Consigue emocionar y logra que empaticemos en una obra que carece de héroes. Ninguna de las partes merece triunfar en Gotham. Ninguno de sus discursos debería tener éxito. Pero, aunque sazonados de veneno y autoengaño, los planes maestros rivalizarán hasta que solo quede uno.
Como fan de las historias de venganza (El Conde de Montecristo, V de Vendetta o el mejor western moderno: Sin perdón) y de mafia, esta tenía todos los ingredientes, pero faltaba aliñarla con clase. La elegancia de Crematorio, que comienza con Pepe Sancho resumiendo el poder (“el valor de las cosas reside en que sean un bien escaso”), la importancia de la familia (Gigantes con José Coronado) y la contundencia de Fariña pese a su censura previa, enseñando como los más desfavorecidos en Galicia fueron los peones ideales; también aparecen como telón de fondo en la ciudad para envolver una ficción que no deja cabos sueltos ni da puntadas sin hilo.








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