La civilización y el Red Dead Redemption 2

¿Solo lo legal es lo correcto? ¿Es correcto todo lo legal?

Red Dead Redemption 2 tiene innumerables virtudes, estamos ante uno de los imperdibles, ante una experiencia obligada por la libertad que ofrece, por sus personajes y por una historia que deja huella. Además de por la cantidad de guiños que contiene. Normal que a día de hoy siga siendo el noveno juego más vendido de la historia con más de 46 millones de copias.

Cabalgar y toparte con tantísimas pequeñas historias escondidas, con esa profundidad en un entorno que está vivo, con esos parajes impresionantes… o bajarte del caballo y abrir la libreta de Morgan, donde anota las dudas que le plantea el desarrollo de los acontecimientos. Arthur Morgan es un personaje complejo y carismático en un mundo que ya no quiere a los suyos, es 1899 y los años del salvaje oeste se acaban, ya nadie los quiere, ahora se les persigue oficialmente desde el Gobierno. Las bandas y los forajidos están destinados a desaparecer. Pero tienen un penúltimo plan.

Poder sentir el western tan de cerca con todos nuestros sentidos es gratificante, y la barra de honor, que nos permitirá elegir si queremos ser como John Wayne o más como Clint Eastwood en cada momento, nos deja ser el vaquero que queramos. Con todas sus consecuencias.

Durante la historia seremos testigos de grandes momentos: las sufragistas, el desarrollo del ferrocarril, descubrimientos científicos… y escucharemos magníficas reflexiones sobre el arte, la naturaleza, la familia, la venganza, la muerte o el amor. Cada uno de estos temas daría para un breve análisis del juego. Y tampoco faltan las críticas al racismo o al machismo.

Pero todo esto nos deja el texto y subtexto más importante, que puede pasar de puntillas si no ponemos más el foco: el concepto de civilización, esa que está en contra de ellos. Una élite ha decido hablar por la sociedad y los ha colocado como enemigos de la civilización. De ahí, entre otras cosas, que Dutch y Arthur la odien.

Muy irónicamente el juego nos hará jugar la misión “Los placeres de la civilización”, en la que un niño carterista nos robará la cartera en la moderna ciudad de Saint Denis. Gente ajetreada invadiendo las calles llenas de humo y ruidos es lo que implica esa modernización de las poblaciones. En este término empieza a asentarse la idea del capitalismo.

El padre y la monja con los que podremos colaborar ya nos advertirán de este supuesto progreso. Si todo lo que el Gobierno no controle es asociado en el imaginario social como el mal, si se crea ese sentimiento de que sólo lo legal es lo correcto, será más fácil señalar y acabar con los disidentes, que pasan a ser considerados como seres primitivos. Y hay que erradicarlos.

La barra de honor del juego nos dice mucho más de lo que creemos, Arthur, como casi toda persona cuerda, no necesita de un organismo superior que le diga qué está bien o está mal, sabe que sus actos tendrán repercusiones y tiene que lidiar con sus remordimientos allá donde vaya. Estamos ante un antihéroe con su propio código ético y del que el pueblo poco o nada espera. Como si lo hubiera construido el propio Sergio Leone, no es un forajido más, sino un personaje que busca redención aún sabiendo que no existe un futuro para él. La contradicción de sus demonios internos que no supo o no quiso ver lo ha llevado al punto en el que el jugador se encuentra durante el videojuego, ¿qué hará el jugador a la hora de tomar decisiones en su piel?

Los bancos no sólo están para ser atracados, están para enseñarnos quién empezaba a tener poder y control.

Si decidimos ayudar a los indios hasta el final, veremos cómo son castigados por el avance de la civilización. Y lo más importante, si realizamos todas las misiones secundarias de préstamos de usura, Arthur podrá darse el gustazo de echar a patadas a Leopold Strauss, el contable de la banda, del asentamiento. La evolución de Morgan es brillante, como coopera con él al inicio ayudándole a aprovecharse de familias pobres, siendo uno más en la cadena económica que se le vende como inevitable, hasta que la lucidez le permite ver mejor qué clase de persona es Leopold. Un “prebanquero” despreciable y sin escrúpulos.

Alejados de esa civilización que se abre camino por las ciudades, sin lo que se vende como organización ideal, los miembros de la banda se estructuran obteniendo ventajas y problemas muy parecidos. No parece por tanto tan necesaria. Se vendió como el último estadio de la democracia, como progreso social, pero lo que hizo fue unificar personalidades, hacerlas gobernables y manejables, delimitar libertades, como bien argumentaban los detractores que lo veían venir.

El artista Charles Chatenây, completando sus misiones, nos enviará desde su nuevo hogar una carta que ejemplifica muy bien el tema si la sacamos del zurrón y la leemos.

“Detesto a la gente egoísta más que a la civilización en sí, pero ¿qué es la civilización sino egoísmo organizado? (…)

El mundo civilizado consideraría que este paraíso isleño es primitivo, pero su gente es la más generosa que he conocido, y de formas que no puedo expresar con palabras.

¿Y por qué? Porque son libres. Jamás había pintado como pinto ahora. Son obras nunca vistas.”

La civilización fue el invento perfecto para la gente que amasaba dinero y/o poder, para tener todavía más de los dos y distanciarse del resto de mortales, las misiones en Saint Denis vuelven a ser un ejemplo de esto, donde la corrupción no puede faltar. Que se lo digan al alcalde.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…