Pubertat y el retrato incómodo de crecer en la era digital

Cuando la ficción se atreve a mirar de frente a la adolescencia

Pubertat no es una serie cómoda, ni pretende serlo. Su mayor virtud reside precisamente en eso: en tomar situaciones reconocibles, extraídas de la realidad cotidiana, y convertirlas en una narrativa de ficción que se siente violentamente cercana. No por exageración, sino por contención. No por impacto gratuito, sino por honestidad.

La serie construye su relato a partir de problemas sociales contemporáneos que atraviesan la adolescencia actual: la exposición constante, la fragilidad de los límites, el consentimiento mal entendido, la presión del grupo y el papel de las redes sociales como amplificadoras de cualquier conflicto. Todo ello sin convertir a internet en un villano abstracto, sino tratándolo como lo que es: un espacio más —pero decisivo— donde se desarrollan las relaciones humanas.

Uno de los grandes aciertos de Pubertat es su capacidad para ficcionalizar sin traicionar. Las situaciones que plantea no buscan el shock ni el morbo, sino el reconocimiento. Son escenas que podrían haber ocurrido —o haber sido leídas— en cualquier instituto, en cualquier grupo de adolescentes, en cualquier chat que se descontrola. La serie entiende que la violencia sexual y el acoso en la era digital rara vez se presentan como un acontecimiento aislado y claro, y por eso apuesta por los grises, por los silencios incómodos y por las consecuencias que se arrastran más allá del acto concreto.

La adolescencia que retrata Pubertat está lejos de la idealización o del dramatismo excesivo. Es torpe, contradictoria, vulnerable. Los personajes no son arquetipos ni discursos andantes, sino jóvenes que todavía están aprendiendo a nombrar lo que sienten, a entender lo que les ocurre y a convivir con una identidad que se construye bajo la mirada constante de los demás. En ese sentido, la serie resulta especialmente valiosa al mostrar cómo el acoso sexual no solo afecta a quien lo sufre directamente, sino a todo el ecosistema emocional que lo rodea. Y, cuando más están fallando los directores en plasmar diálogos juveniles creíbles, Dolera los clava.

Otro aspecto destacable es la forma en que Pubertat aborda la responsabilidad colectiva. La serie no se limita a señalar culpables individuales, sino que pone el foco en los mecanismos sociales que permiten que ciertas conductas se normalicen, se minimicen o se diluyan entre capturas de pantalla, rumores y silencios cómplices. La pregunta que sobrevuela no es solo “qué ocurrió”, sino “por qué ocurrió así” y “por qué cuesta tanto reaccionar a tiempo”.

Narrativamente, la serie apuesta por un realismo sobrio. No hay subrayados innecesarios ni giros espectaculares que rompan la verosimilitud. La tensión se construye desde lo cotidiano, desde lo que no se dice, desde la sensación de que algo no encaja pero nadie sabe muy bien cómo intervenir. Esa contención refuerza el impacto del relato y evita convertir un tema delicado en un simple dispositivo dramático.

Pubertat también resulta relevante por su utilidad social. No como panfleto ni como lección moral, sino como herramienta de conversación. Es una serie que invita a ser vista, comentada y discutida, especialmente en entornos educativos y familiares, porque pone palabras e imágenes a realidades que a menudo se silencian o se trivializan. Su valor no está solo en lo que muestra, sino en lo que obliga a pensar después.

En un contexto audiovisual donde la adolescencia suele representarse desde la nostalgia o el exceso, Pubertat opta por una tercera vía: la de la observación honesta. Una ficción que no pretende dar respuestas fáciles, pero sí abrir preguntas necesarias sobre el consentimiento, el poder, la exposición y la responsabilidad en una era donde lo digital ya no es un complemento, sino parte inseparable de crecer.

Una serie valiente, pertinente y necesaria, que demuestra que la ficción puede —y debe— servir para iluminar las zonas más incómodas de nuestra realidad contemporánea.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…