Todos los diplomas olímpicos de invierno de España

Un recorrido por el olimpismo invernal patrio

Cuando pensamos en los Juegos Olímpicos, nuestra mente vuela directamente a las medallas. Sin embargo, venimos insistiendo en ese otro reconocimiento de enorme prestigio que a menudo pasa desapercibido: el diploma olímpico. Este galardón se entrega a los atletas y equipos que finalizan la competición entre el cuarto y el octavo puesto, una hazaña que los sitúa en la cúspide de su disciplina.

Conseguir un diploma olímpico significa haber luchado hasta el final, haberse medido con los mejores del planeta y haber estado a un suspiro del podio. Es un indicador de excelencia, competitividad y del altísimo nivel necesario para formar parte de la élite deportiva mundial. España, aunque con un medallero de invierno muy modesto, tiene una historia interesante con estos reconocimientos que merecen ser celebrados.

El camino de España en la élite de los Juegos de Invierno está marcado por once momentos de brillantez que se dividen en dos grandes eras: la de los pioneros clásicos y la de la explosión moderna.

La aventura comenzó en Cortina d’Ampezzo 1956, cuando el bobsleigh español hizo historia. La pareja formada por Alfonso de Portago y Antonio Sartorius logró una gesta memorable, alcanzando un impresionante cuarto puesto que supuso el primer diploma de invierno para España. Tras este hito, se abrió un largo paréntesis de 28 años, una larga espera hasta que el deporte español volvió a situarse entre los mejores del mundo.

Casi tres décadas después, en Sarajevo 1984, el foco se trasladó al esquí alpino. Fue Blanca Fernández Ochoa quien rompió el silencio con un extraordinario sexto puesto. Cuatro años más tarde, en Calgary 1988, confirmó su progresión con un quinto puesto que fue mucho más que un diploma: fue la señal inequívoca de su trayectoria ascendente y el preludio directo de su histórico bronce en Albertville 1992, convirtiendo este logro en una parte crucial de su legado. La estela del esquí alpino la continuó María José Rienda Contreras, que obtuvo un meritorio sexto puesto en Salt Lake City 2002, cerrando la era clásica.

El siglo XXI inauguró la era moderna, marcada por la diversificación y el auge de nuevas disciplinas. El snowboard se convirtió en el gran protagonista. En Turín 2006Jordi Font Ferrer se quedó a un suspiro del podio con un espectacular cuarto puesto. La tendencia se consolidó en Sochi 2014, donde España sumó dos diplomas: el patinador Javier Fernández consiguió un amargo pero brillante cuarto puesto en patinaje artístico, mientras que Lucas Eguibar debutaba en la élite del snowboard con un séptimo lugar.

La regularidad se mantuvo en Pyeongchang 2018, donde Queralt Castellet sumó otro diploma para el snowboard con una séptima posición, el primero en halfpipe, era su aperitivo antes de ser subcampeona olímpica en Pekín. La edición más prolífica hasta la fecha fue precisamente esa, la de Beijing 2022, con tres diplomas que confirmaron cierta versatilidad: Lucas Eguibar repitió séptimo puesto en snowboard, Javier Lliso irrumpió con un fantástico sexto puesto en esquí acrobático (big air), y la pareja de patinaje artístico formada por Olivia Smart y Adrián Díaz cerró su participación olímpica con un brillante octavo puesto en danza.

Más allá de las emocionantes historias individuales, los datos agregados de estos once diplomas nos permiten dibujar un mapa del rendimiento de España en los Juegos de Invierno. Las cifras revelan tendencias claras sobre qué deportes han sido más exitosos y cuán cerca ha estado el país de sumar más medallas a su palmarés.

Al analizar la distribución, un deporte destaca por encima del resto. El snowboard es la disciplina que más éxitos ha aportado con cuatro diplomas, lo que representa un 36.4% del total. Lo que estos datos sugieren es una mejor adaptación de nuestros deportistas a las disciplinas más dinámicas y modernas del programa olímpico. No es casualidad que los cuatro diplomas en esta modalidad hayan llegado a partir de 2006, de hecho, el nuevo deporte olímpico, el esquí de montaña, va camino de consolidarse como el indiscutible motor de la excelencia invernal española en el siglo XXI.

Le sigue de cerca el esquí alpino, un clásico de los deportes de invierno, con tres diplomas (27.3%). El patinaje artístico ha contribuido con dos diplomas (18.2%), consolidando su importancia pese a las retiradas del bronce olímpico en 2018, Javier Fernández, y más recientemente de Sara Hurtado y Adrián Díaz.

No me olvido de nuestro pionero Paquito Fernández Ochoa, oro en Sapporo 1972 en eslalon y cuatro veces abanderado. Ni de la barba de nuestro olimpismo: Regino Hernández le dio en 2018 el bronce a nuestro querido snowboard cross para que no viviera exclusivamente de diplomas.

Los 11 diplomas olímpicos de invierno de España son mucho más que una simple estadística. Son el reflejo del talento, el sacrificio y la perseverancia de deportistas que compitieron al más alto nivel mundial pese a la falta de recursos (que se lo digan a Victoria Padial o a Ander Mirambell, o más recientemente a Leanna García o Nil Llop en hielo, que pese a una mejora en la planificación no tienen infraestructuras en España).

En la última edición se batió el récord de diplomas conseguidos en unos mismos Juegos Olímpicos. Fueron tres, superando Sochi; la única vez que se lograron dos. ¿Qué nos deparará Milan Cortina D’Ampezzo este mes de febrero?

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…