Por qué inquietan… y por qué es buena señal
Hay una idea bastante extendida —y bastante injusta— según la cual los adolescentes viven convencidos de que el mundo entero los observa. Que cada gesto, cada palabra, cada error queda registrado bajo una luz implacable. No es solo una exageración poética: es lo que la psicología denomina audiencia imaginaria. Una percepción distorsionada, sí, pero comprensible. Están aprendiendo a mirarse desde fuera justo cuando más les importa cómo son vistos. El problema no es que se sientan observados; es que nosotros olvidamos lo que eso pesa.
Algo parecido ocurre con su famosa “sensación de invulnerabilidad”. No es ignorancia. El adolescente sabe que ciertos comportamientos implican riesgos. Lo que ocurre es que, emocionalmente, siente que ese peligro pertenece a otros. Que a él o a ella no le tocará. No es una negación de la realidad, sino una confianza desbordada en el propio presente, todavía sin una experiencia sólida del límite. De ahí muchas conductas que desesperan a los adultos y que, sin embargo, forman parte del aprendizaje vital.
A esto se suma un elemento que suele vivirse como traición: la importancia creciente del grupo de iguales. La familia deja de ser el único refugio íntimo y aparecen otros espacios de complicidad, otros códigos, otras lealtades. No es un rechazo personal; es un desplazamiento necesario. La autonomía no se ensaya en soledad, se ensaya con otros. Y eso implica distancia, secretos y una nueva manera de estar en el mundo.
Las relaciones afectivas —reales o virtuales— ocupan entonces un lugar central. Amistades intensas, enamoramientos absorbentes, vínculos que parecen definitivos aunque duren lo que dura una temporada. No es frivolidad: es exploración. Están aprendiendo a querer, a gustar, a gustarse. Y lo hacen mientras todo cambia a la vez: el cuerpo, la voz, la imagen en el espejo, el lugar que ocupan entre los demás.
Desde fuera, muchos de estos comportamientos resultan incómodos. La oposición a las normas, la negociación constante, la exigencia de más libertad. Pero conviene recordarlo: no son fallos del sistema, son el sistema funcionando. Sin conflicto no hay autonomía. Sin cuestionamiento no hay criterio propio. La madurez no llega por obediencia acumulada, sino por decisiones ensayadas —y a veces equivocadas—.
Además, no todo es actitud. En esos años el cerebro se está reorganizando a un ritmo vertiginoso. Las conexiones se afinan, el pensamiento abstracto empieza a desplegarse, la capacidad de cuestionar y reflexionar se amplía. Las contradicciones, los cambios de humor, la intensidad emocional no son caprichos: son el reflejo de una construcción en marcha. De alguien que todavía se está armando por dentro mientras intenta sostenerse por fuera.
La adolescencia no es una etapa manejable. Ni para quienes la atraviesan ni para quienes la acompañan. Pero, como me dijo una profesora, es un tiempo privilegiado: de aprendizaje profundo, de errores fértiles, de descubrimientos que dejan huella. Y hoy, con una sobreexposición constante, comparaciones infinitas y mensajes contradictorios al alcance de un dedo, lo es todavía más.
Quizá el problema no sea que los adolescentes sean difíciles, sino que los adultos seamos demasiado rápidos en olvidar que también lo fuimos. Con menos pantallas, tal vez, pero con las mismas dudas. Defender la adolescencia no es justificarlo todo; es comprender que crecer nunca fue sencillo. Y que exigir madurez sin permitir el proceso es, en el fondo, una forma elegante de impaciencia. ¿Sabemos hasta cuando dura?







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