Yakarta: cuando el silencio, la luz y el cuerpo dicen la verdad

Una serie que señala el silencio cómplice del deporte

Hay escenas que no necesitan palabras para impactar, que bastan con luz y silencio para quedarse grabadas en la memoria. El final del primer capítulo de Yakarta es una de ellas. La cámara muestra a Javier Cámara en la pista vacía de un colegio, esperando en la penumbra. No hay diálogos, no hay música estridente, solo una iluminación que cuenta lo que ningún personaje dice en voz alta: la espera, la vulnerabilidad, la esperanza contenida. Cuando la protagonista aparece arriba, aceptando entrenar con él, ese rayo de luz anaranjado silencioso ha dicho ya más que cualquier texto.

Esta capacidad de la serie para transmitir sin palabras no es un accidente, sino una decisión narrativa repetida a lo largo de toda la trama. Yakarta utiliza las luces como lenguaje: juega con claroscuros, con espacios saturados de luz o teñidos de oscuridad, para dibujar estados de ánimo, tensiones ocultas y transformaciones internas. Es una serie que confía en el silencio tanto como en el verbo.

Si la puesta en escena es sensible, el guion lo es aún más. Los diálogos de Yakarta son ejemplos de escritura cinematográfica impecable: realistas, contundentes, bien escogidos. No hay grandes circunloquios ni monólogos grandilocuentes; cada línea se siente verídica, con economía de palabras y profundidad de significado. No se escribe para llenar espacio: se escribe para revelar, para matizar, para dejar respirar (o no) a los personajes y al espectador.

Ese realismo en la voz no se logra por azar, ni por imitación superficial de la conversación cotidiana, sino por saber qué decir y, sobre todo, qué no decir. Y en un tema tan delicado como el que trata la serie, esa contención narrativa es virtud.

Y en medio de ese guion afilado, destaca la gran actuación de Javier Cámara. Su interpretación es un ejercicio de precisión: comedido cuando debe serlo, expresivo sin estridencias, capaz de decir mucho con poco. Cámaras quietas en su rostro, pequeños gestos, giros de mirada… todo comunica. Es el tipo de trabajo actoral que florece en la pausa, en el lenguaje no verbal, en los balbuceos, en la correspondencia entre lo que se dice y lo que se calla.

Este equilibrio —decir y esconder, hablar y silenciar— es también lo que hace que el personaje de Cámara conecte tan bien con la reflexión más amplia de la serie.

Porque Yakarta no es solo un retrato íntimo, sino también una serie que denuncia con valentía un problema social real: el acoso en el deporte. No hablamos de un mal de un pasado remoto, sino de prácticas de no hace tantos años, mientras estructuras como las federaciones deportivas miraban hacia otro lado. En la ficción, como en la vida, estas organizaciones aparecen opacas, cerradas, como chiringuitos familiares y de amigos, más interesados en proteger reputaciones que en proteger personas.

La serie señala esa complicidad silenciosa —la mirada que aparta la vista, la sospecha sin investigación, la jerarquía que calla— sin didactismo, pero con claridad.

Otro acierto de Yakarta es cómo refleja la falta de recursos en muchos deportes y entrenadores. El personaje de Javier Cámara —José Ramón— no es un entrenador con acceso a instalaciones perfectas y presupuestos holgados. Al contrario: tiene que ingeniárselas constantemente. Su realidad es la de muchos entrenadores que arriesgan su propio tiempo, su dinero y su energía en apuestas personales con atletas jóvenes. Saben ver el talento donde otros no lo ven, entregan su cariño al deporte como se entrega una fe inquebrantable, y lo hacen a pesar de las circunstancias, no gracias a ellas.

Esa mezcla de precariedad y devoción empuja a que la serie no idealice conceptos ni figuras. Muestra la lucha en un ecosistema que rara vez les da lo que necesitan.

En el caso de José Ramón, la historia es doble: no solo entrena, sino que lucha con sus propias heridas. Un exdeportista olímpico venido a menos que arrastra problemas personales graves derivados del maltrato que sufrió por parte de su propio entrenador. Ese abuso no solo fracturó su cuerpo, sino su credibilidad, su carrera y su vida personal.

La serie gestiona este arco con tacto: no usa el trauma como espectáculo, sino como historia de lo que acontece cuando los ecos del pasado no se resuelven. José Ramón vive, en muchos sentidos, anclado en esa época, en los Juegos Olímpicos de 1992, en el jugador de bádminton que pudo ser. Que grabe en DVD en pleno 2025 no es baladí, es un símbolo perfecto de esto.

Y en eso reside parte de la universalidad de Yakarta: tantos profesores de gimnasia, tantos entrenadores con talento, tantos formadores de jóvenes que han vivido —y viven— atrapados entre el ayer y el hoy, intentando conjugar el amor por lo que hacen con los restos de lo que han sufrido.

Yakarta es una serie que merece destacarse por su manejo del lenguaje audiovisual —desde la iluminación narrativa hasta la economía de palabras— y por su valentía al tratar temas complejos sin atajos dramáticos. Es un retrato honesto de personas reales en situaciones que, aunque ficcionales, se sienten profundamente humanas. Una ficción que ilumina con inteligencia las sombras del deporte, la memoria y el cuerpo, y que lo hace sin renunciar a la sensibilidad ni a la verdad.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…