La victoria de no tener razón
—Los datos son claros —dijo él, apoyando la tablet sobre la mesa—. Mira las cifras, los informes. Todo encaja. No hay debate posible.
Ella lo miró con la expresión exacta de quien sigue escuchando aunque no le sirva. Los porcentajes eran precisos, los gráficos perfectos… y, sin embargo, no significaban nada para ella.
—Ya, pero no me convence —respondió con firmeza—.
Él respiró hondo. Esta resistencia le obligaba a cambiar de estrategia. Los números habían dejado de bastar. Lo que necesitaban era otra cosa: un gesto, un detalle.
—Entonces dime —dijo finalmente para ganar tiempo, para sonsacarle información—, ¿qué te preocupa de verdad?
Ella titubeó. Palabras que no encontraba, sensaciones que no podía ordenar.
—No sé… no me siento del todo segura —admitió.
Él asintió, lento. No insistió en la evidencia, no iba a conseguir nada volviéndole a explicar las ventajas y los avances. Ella no los veía e insistiendo la perdería. Necesitaba actuar. Se tragó las horas de excel, el orgullo y su opinión y fingió interés por el barrio.
—¿Conoces a Ana? —señaló por la ventana a un punto indeterminado— Abrió un pequeño taller con ayuda del programa anterior. Nadie creía que fuera a funcionar, pero ahora tiene cinco chicos estupendos trabajando con ella, y los niños de la zona acuden allí después del colegio. —Hizo una pausa—. Hoy vinieron a verme algunos, les ha dado un motivo para quedarse y esforzarse. Antes hubiera sido impensable.
Ella escuchaba. Sintió un pequeño nudo de emoción. Se imaginó a esos niños, a esa Ana, a toda la pequeña rutina que parecía imposible pero ahora existía.
—Y no es solo eso —continuó él, con voz más suave—. El año pasado, cuando el programa estuvo en riesgo, recuerdo que un grupo de vecinos organizó cenas para apoyarse unos a otros. La gente cree en lo que ve y lo que siente. Hacen y son comunidad por encima de todo. —la tenía, lo vio en su mirada, había transformado la información en rostros—.
Ella bajó la mirada. No sabía por qué su corazón latía incómodo.
—Entonces… —susurró—, ¿qué debo pensar?— momento crítico. Solo una carta era la ganadora. Él sonrió ligeramente, casi como si no hubiera ocurrido nada.
—No puedo decidirlo por ti. Yo entiendo tus reticencias, tan solo te traslado lo que hay para que tengas todos los datos antes de actuar. Aun estás a tiempo de cualquier cosa.
Al marcharse, pensó en aceptar, había necesitado reordenar las ideas para interpretar lo positivo de los gráficos. Los números no engañaban, y ella era experta en ellos. Había estado a la defensiva, era la mejor forma de negociar y de conseguir votos. Pero sí, aceptaba, estaba convencida. Los datos permanecían intactos sobre la tablet, inmutables, pero algo había cambiado en su interior: su certeza ya no provenía de la evidencia, sino de la sensación de pertenencia y de la creencia en que nadie le había dicho qué debía sentir.
En ese silencio, el poder más efectivo había operado sin dejar rastro.







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