El hombre que puso un espejo dentro de la fantasía

Mundodisco y más allá: por qué Terry Pratchett sigue siendo imprescindible

Mi mujer acude esta tarde a una nueva charla, la han vuelto a invitar a hablar sobre literatura fantástica. Adoro ir a escucharla, es una de esas raras avis cuya excelencia literaria solo se ve igualada por el arte, el rigor y el carisma de su oratoria; leerla es un culto, pero escucharla es, sencillamente, una epifanía. No dispongo de demasiado tiempo últimamente por diversos motivos y no podré asistir con ella en esta ocasión, aunque no ha sido óbice para pararme a escribir estas líneas. Como suele hacer, me ha inspirado. Y es que la fantasía es un género sin parangón y uno de los culpables tiene nombre y apellidos: Terry Pratchett.

Hablar de Terry Pratchett no es hablar de un autor más dentro del género fantástico. Es hablar de alguien que decidió coger la fantasía por los hombros, sacudirla un poco y preguntarle: “¿y si en vez de huir del mundo lo usamos para entenderlo mejor?”

Pratchett nunca escribió para escapar de la realidad. Escribía para mirarla de frente. Solo que en lugar de situarla en Londres o Birmingham, la colocaba sobre el lomo de cuatro elefantes que, a su vez, descansaban sobre una tortuga cósmica que surcaba el espacio. Y lo hacía sin despeinarse.

Su humor no era solo desternillante. Era preciso. Tenía la puntería de quien sabe exactamente dónde duele una sociedad y decide presionar ahí… pero con una sonrisa.

En las novelas de Mundodisco, la magia convive con sindicatos, carteros reformistas, guardias urbanos con crisis existenciales y brujas que entienden mejor la psicología humana que cualquier terapeuta moderno. Todo parece absurdo. Y lo es. Pero también es inquietantemente real.

Pratchett entendía que el humor es una herramienta poderosa. Sirve para desmontar la pomposidad, para cuestionar el poder, para señalar lo ridículo de nuestras convenciones sin levantar el dedo acusador. ¿Ríes? Sí. Pero mientras te ríes, algo encaja dentro.

No es casualidad que muchas de sus novelas funcionen como sátiras sociales: del capitalismo desbocado, del fanatismo religioso, del nacionalismo, de la burocracia. Incluso de la muerte. Especialmente de la muerte, que en su universo habla en mayúsculas y tiene más humanidad que muchos vivos.

Hay una anécdota que lo define bien. Pratchett solía bromear con que era “el escritor británico más robado en librerías”. Y lo decía con cierto orgullo. Porque, según él, si alguien estaba dispuesto a arriesgarse a robar un libro suyo, al menos sabía que había interés real.

Era una forma muy suya de mirar el mundo: convertir incluso la piratería en una observación irónica sobre el deseo de leer. Sin dramatismo. Sin solemnidad.

Y es que nunca fue un autor que se tomara demasiado en serio a sí mismo. Se tomaba en serio el trabajo, la escritura, el oficio. Pero no el pedestal.

Hay universos literarios amplios. Y luego está Mundodisco.

Más de cuarenta novelas, múltiples arcos narrativos, personajes recurrentes que evolucionan con el tiempo, ciudades que crecen, instituciones que cambian. Ankh-Morpork no es solo un escenario: es un organismo vivo. Sucio, contradictorio, fascinante.

Pratchett no construyó un mundo para que fuera exótico. Lo construyó para que fuera reconocible. Por eso funciona. Sus brujas hablan de responsabilidad comunitaria, sus guardias urbanos reflexionan sobre justicia y desigualdad, sus magos discuten como académicos británicos atrapados en un edificio lleno de magia inestable.

Y todo eso sin perder ritmo. Sin perder ligereza.

¿Originalidad? Muchísima. Pero porque se atrevió a mezclar mitología, cultura popular, filosofía cotidiana y sátira política dentro de la misma historia sin que nada chirriara.

El legado de Pratchett se nota en muchos rincones. En videojuegos que combinan humor y fantasía con conciencia social. En títulos como The Elder Scrolls o Fable, donde la ironía convive con la épica. En el tono de ciertos juegos narrativos que se permiten romper la cuarta pared o burlarse de sus propias convenciones.

También en la televisión. La adaptación de Good Omens —escrita junto a Neil Gaiman— reavivó su espíritu para nuevas generaciones. Y en la literatura fantástica actual, tanto la más luminosa como la más crítica, es fácil encontrar ecos de su forma de contar: esa mezcla de ternura y sarcasmo, de absurdo y reflexión.

Pratchett demostró que la fantasía no tiene que ser solemne para ser profunda. Ni oscura para ser adulta.

¿De qué hablaban realmente sus libros?

Hablaban de personas.

De la responsabilidad. Del poder y sus abusos. Del miedo al cambio. De la dignidad en los márgenes. De cómo las instituciones pueden volverse absurdas. De cómo los prejuicios se disfrazan de tradición.

Y, sobre todo, hablaban de la capacidad humana para elegir. Incluso cuando las probabilidades no acompañan.

Puede que hubiera trolls, vampiros o golems. Pero el centro siempre era humano.

Cuando Terry Pratchett murió en 2015, no dejó solo una colección de novelas. Dejó una manera de mirar el mundo y huérfanos a millones de lectores. Todavía lloramos su forma de usar la fantasía como espejo deformante que, paradójicamente, devuelve una imagen más clara.

Su obra sigue leyéndose. Sigue citándose. Sigue regalándose. Y sí, probablemente siga robándose en alguna librería.

Porque hay autores que construyen mundos. Y hay autores que, además, nos enseñan a observar el nuestro con más ironía, más compasión y un poco menos de solemnidad.

Pratchett pertenece a los segundos.

Y eso no es poca cosa.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…