Los que lo han entendido

Entre gente disciplinada

Nadie recordaba exactamente cuándo empezó, pero todos coincidían en que al principio parecía algo bueno.

Primero fue lo de salir a correr. Luego vinieron las pulseras que contaban pasos, las aplicaciones para medir el sueño y las fotos del desayuno en las que siempre aparecía algo verde, algo con semillas y algo que alguien describía como proteína limpia.

La gente empezó a decir que se estaba cuidando.

Era una frase inofensiva, pero tenía algo particular: se decía con una leve inclinación de cabeza, como quien ha entendido algo importante que otros aún no han descubierto.

—Es que ahora me cuido.

La frase servía para muchas cosas. Para rechazar una cerveza. Para explicar un cambio de carácter. Para mirar con cierta condescendencia a quien seguía cenando tarde o pidiendo postre.

Con el tiempo, cuidarse dejó de ser una actividad y empezó a parecer una virtud. También empezó a aparecer en todas partes.

En la televisión, donde de pronto cualquier programa incluía a un nutricionista que hablaba con gravedad sobre alimentos que la gente llevaba comiendo décadas sin problema. En los supermercados, donde las mismas cosas de siempre reaparecieron con nombres nuevos, envases blancos y precios más altos. En las tiendas de deporte, donde correr —una actividad que durante siglos consistió en mover las piernas deprisa— empezó a requerir zapatillas específicas, camisetas técnicas, relojes, gels, barritas y una pequeña biblioteca de suplementos.

Todo parecía formar parte de una misma revelación. La gente empezó a decir que se estaba cuidando… y muchas empresas empezaron a agradecerlo discretamente.

Los que se cuidaban hablaban entre ellos con una familiaridad inmediata. Reconocían señales: la botella reutilizable, las zapatillas técnicas, la palabra rutina utilizada con una seriedad que antes solo se reservaba para el trabajo.

Compartían pequeños rituales.

—Hoy me he levantado a las cinco para entrenar.

—Yo ya no tomo azúcar.

—Desde que hago hielo en la cara por las mañanas duermo mejor.

La conversación siempre tenía el mismo final: una breve pausa que parecía esperar algo.

Normalmente, una confesión.

—La verdad es que yo debería cuidarme más.

Quien decía eso quedaba automáticamente absuelto.

No hacía falta más.

Carlos observaba todo aquello con cierta fascinación. No porque estuviera en contra de cuidarse —le parecía perfectamente razonable— sino porque le sorprendía la intensidad con la que la gente lo contaba e incluso lo mostraba.

En las cenas con amigos siempre acababa ocurriendo lo mismo.

Alguien hablaba de su nuevo entrenamiento funcional. Otro mencionaba el ayuno intermitente. Una tercera persona describía con entusiasmo una ducha helada que, según decía, le había cambiado la vida.

Carlos escuchaba mientras terminaba su plato. A veces alguien lo miraba.

—¿Tú no haces nada de eso?

La pregunta nunca era agresiva. Era más bien curiosa. Como si preguntaran por un idioma extranjero que uno aún no se había decidido a aprender.

—Camino bastante —decía él. La respuesta solía provocar sonrisas amables.

—Bueno, algo es algo.

Con el tiempo empezó a notar algo más.

La gente que se cuidaba hablaba del mundo como si estuviera dividido en dos categorías muy claras: quienes lo habían entendido… y quienes todavía no.

—No es solo por el físico —decían—. Es disciplina.

—Es respeto por uno mismo.

—Es amor propio.

La última expresión se repetía mucho: amor propio.

Era curioso, porque casi siempre aparecía justo después de hablar de horarios imposibles, dietas estrictas recomendadas por vete a saber quién o rutinas que obligaban a reorganizar la vida entera alrededor del entrenamiento.

Pero la palabra seguía siendo amor.

Una noche, durante una cena especialmente larga, la conversación llegó a su punto habitual.

Habían hablado de sueño, de alimentación consciente y de cómo el cuerpo reflejaba las decisiones que uno tomaba en la vida.

—Al final —dijo alguien—, cuidarse es responsabilidad.

Hubo asentimientos alrededor de la mesa.

—Exacto —añadió otro—. Cada uno decide qué hace con su vida.

Carlos levantó la vista de su copa.

—Entonces está bien —dijo.

Todos lo miraron.

—¿El qué?

Carlos se encogió de hombros.

—Esto —señaló la mesa con un gesto breve—. Que os cuidéis tanto.

Hubo algunas sonrisas satisfechas.

—Claro.

—Es lo suyo.

Carlos asintió lentamente.

Luego dijo:

—Porque escuchándoos da la impresión de que el verdadero beneficio no es la salud.—Nadie respondió. Carlos bebió un sorbo. —Es poder mirar al resto por encima del hombro sin parecer un imbécil.

El silencio fue inmediato.

Alguien abrió la boca, pero no dijo nada.

Carlos volvió a su plato.

Y durante unos segundos nadie pareció muy seguro de qué hacer con la palabra amor propio, ahora que alguien la había dejado sin maquillaje.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…