Cuando ganar tampoco arregla nada
Alguien había dejado la televisión de la sala encendida. Marzo apaciguaba ya el frío. Los Juegos Olímpicos ya habían sido clausurados, el eco aún flotando en imágenes repetidas.
Nadie parecía mirarla. Nadie la apagaba.
—Han quedado por detrás —dijo uno, sin apartar del todo la vista del móvil.
—No exactamente —respondió otro—. En medallas totales, no.
Un silencio breve. De esos que no incomodan, pero obligan a recolocar lo dicho.
—Bueno, ya sabes —insistió el primero—. Para lo que son… deberían haber hecho más.
En la pantalla, una repetición: transición precisa, gesto contenido, meta cruzada sin aspavientos. Luego, el podio.
—Siempre igual con ellos —entró una tercera voz—. Mucho gasto, mucha infraestructura… y luego resultados normales.
—Normales —repitió alguien, sin demasiada convicción, como probando la palabra.
El medallero apareció unos segundos. El país anfitrión tenía una buena colección de preseas. Más que algunos de los que siempre se citaban como ejemplo.
Pero eso no parecía cerrar nada.
—Países Bajos sí que sabe —dijo otro—. Van a lo suyo. Pocos deportes, pero bien elegidos. Eficiencia.
—Eficiencia —repitieron dos más, como si la palabra limpiara cualquier duda.
Desde una esquina, alguien carraspeó.
—También hay que ver qué entiendes por eficiencia —dijo—. Ellos concentran. Estos se reparten. No compiten a lo mismo.
No hubo respuesta inmediata. La idea quedó ahí, como un objeto extraño sobre la mesa.
—Sí, bueno… —retomó el primero—. Repartirse está muy bien hasta que te das cuenta de lo que cuesta. ¿Cuántas instalaciones? ¿Cuántos proyectos? ¿Cuántas candidaturas?
—Y cuántas se caen —añadió otro.
—Y cuántas se vuelven a levantar —corrigió el de la esquina—. Aunque sea a medias.
La pantalla seguía mostrando pruebas distintas. Deportes diferentes. Nombres que cambiaban. Deportistas felices.
—Ese es el problema —insistió el primero—. No hay control. Es un modelo… disperso.
—O ambicioso —repitió la media sonrisa de antes.
—O desordenado —zanjó alguien.
En ese punto, el que hasta entonces apenas había intervenido levantó la cabeza. Tenía la tablet llena de cifras.
—Mira —dijo, girando la pantalla hacia los demás sin que nadie se acercara—. Medallas por habitante. Están por detrás. Medallas por euro invertido, peor todavía. Si te vas a deportes concretos, ni aparecen en los rankings. Es que ni en top tres en muchas disciplinas.
Pasó el dedo.
—En velocidad, fuera. En hielo, fuera. En eficiencia pura, ni se les ve. Es todo humo.
Nadie le había pedido los datos, pero siguió.
—Es que es de primero —añadió—. Si inviertes bien, ganas más. Si no, pues esto. Mucho nombre, poca chicha.
La sala se quedó en silencio. No por la contundencia. Por el tono.
En el monitor, mientras tanto, una nueva prueba. Otro podio. Otra vez la bandera. La del mismo país.
—Han ganado más medallas que nunca—dijo alguien, casi en voz baja.
El del móvil sonrió con condescendencia.
—Sí, claro —respondió—. Si compites en todo, algo caerá. Pero eso no es mérito. Es volumen.
Nadie le contradijo. Tampoco nadie asintió.
—También hay volumen en sostenerlo —apuntó el de la esquina dando un sorbo a su cerveza—. No es tan sencillo estar en todo y no desaparecer.
El de la tablet negó con la cabeza, con una seguridad que parecía venir de otro sitio.
—Eso es lo que os venden —dijo—. Pero luego miras bien y no hay modelo. Hay gasto.
Se levantó un poco de la silla, como si fuera a cerrar la idea.
—A mí no me engañan —agregó—. Prefiero uno que gane menos, pero bien.
No especificó qué era “bien”.
En la tele, el medallero volvió a aparecer. Los números no habían cambiado.
El primero miró de reojo. Dudó un segundo.
—Pero han quedado por delante en número de medallas —dijo, esta vez más despacio.
El de las cifras se encogió los hombros.
—En número, sí. En lo importante, no. Así que no cambia nada.
—Si han conseguido los mismos oros que los tuyos—añadió con ironía.
—Y ni con este esfuerzo han quedado por delante de ellos en el medallero importante—espetó con una risa falsa. Guardó su dispositivo electrónico y se levantó justo cuando su interlocutor iba a preguntar quién decidía cuál era el importante.
—Al final, el problema es que hay gente que se conforma con poco.
—O que nunca hacen lo suficiente para lo que algunos esperáis de ellos.
—Sí, pero… —empezó alguien.
Y se quedó ahí.
Como si no hiciera falta terminar la frase. Como si todos supieran completarla sin decirla.
Nadie quiso repetir el bucle. Se escuchó un bostezo.
La pantalla siguió encendida con los highlights. Nadie miraba ya.







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