Pintar los barrotes no es lo mismo que serrarlos
El aire en el Distrito de la Urna olía a ozono y a victoria anticipada. Elías, un veterano de las campañas de «Perfección Civil», ajustaba el nudo de su corbata frente al espejo del búnker. Fuera, el clamor de la multitud era un rugido constante, una marea de gente armada con banderas azules y naranjas que se odiaban con la intensidad de quienes creen que algo está a punto de cambiar.
—¿Cómo van los números de participación? —preguntó Elías sin mirar atrás.
—Récord histórico —respondió una voz joven—. La gente siente que estas son las elecciones de su vida. Valera promete defender a las minorías, la justicia social, y Garrido jura limpiar el país de parásitos, proteger la libertad individual. Las calles están ardiendo.
Elías sonrió con una amargura elegante. Aquel chico aún creía en la electricidad de los mítines. No entendía que los colores de las banderas eran simplemente la pintura de los vagones; el raíl, sin embargo, era de acero frío y lo habían forjado mucho antes de que ellos nacieran.
A las ocho en punto, los colegios cerraron. Elías subió a la planta noble del rascacielos que dominaba la plaza central. Allí no había banderas. No había gritos. El suelo de mármol absorbía el sonido de los pasos y el aire acondicionado mantenía una temperatura constante de diecinueve grados, ideal para conservar cuadros caros y temperamentos gélidos.
En la sala de juntas, dos hombres que en televisión se habrían escupido a la cara compartían un whisky de malta. Valera, el paladín del pueblo, y Garrido, el guardián de la tradición, reían sobre una anécdota de un campo de golf en Singapur.
Elías entró con una tableta en la mano. Los candidatos se quedaron en silencio un segundo, recuperando el gesto institucional.
—Señores, el escrutinio ha terminado. Ha ganado Valera por un margen del dos por ciento. Los mercados han reaccionado con una estabilidad absoluta: la bolsa ha subido tres puntos.
Garrido suspiró con un alivio genuino.
—Menos mal. Me tocaba perder. Mi mujer quiere pasar el año en las islas y ser el líder de la oposición es mucho más rentable ahora mismo. Puedo criticar todo lo que el Capital nos obligue a firmar sin tener que cargar con la culpa de la pluma.
Valera se levantó y se acercó al ventanal. Abajo, miles de personas celebraban su victoria como si hubieran tomado el cielo por asalto. Creían que el lunes los precios bajarían, que la luz dejaría de ser un lujo y que las leyes, por fin, llevarían sus nombres.
—¿No es curioso? —murmuró Valera—. Creen que eligen al conductor, pero este coche solo tiene un destino programado.
—Y un dueño —añadió Elías, entregándole un documento—. El contrato de la nueva regulación laboral. El Consejo de Inversores ya lo ha visado. Tienes que presentarlo mañana como una «conquista de la flexibilidad moderna».
—Es duro —dijo Valera—. ¿No podemos suavizar más el lenguaje?
—No es un debate, señor presidente —replicó Elías con voz plana—. Es el presupuesto del próximo trimestre. Si no se firma, la deuda pública se degrada a basura en diez minutos. Usted es el administrador, no el dueño de la finca.
Valera leyó el documento por encima y asintió con resignación. El texto prácticamente eliminaba la indemnización por despido y permitía el pago en «créditos de consumo» dentro de las plataformas del propio holding que financiaba su partido. Sabía que en lo económico su margen de maniobra era el de un administrativo dócil. Sin embargo, Garrido se acercó a la mesa y señaló otro documento: el borrador para la expulsión de determinados colectivos vulnerables; unos del país, otros de sus barrios, algunos de sus propios espacios de seguridad, y el recorte de derechos civiles que él traía en su programa bajo un bonito y patriótico lema que no dejaba de ser un eufemismo.
—Bueno, Valera —dijo Garrido con una sonrisa de medio lado—, ya que vas a firmar el desguace salarial que nos pidieron, supongo que también aprovecharás para ejecutar mi plan social. Al Capital le da igual quién esté en la calle mientras la producción no pare.
Valera se giró lentamente. Sus ojos, por primera vez, no eran los de un administrador.
—No, Garrido. Eso se queda en el cajón. Firmaré sus decretos económicos porque no tengo otra opción. Pero no voy a convertir este lugar en un infierno para los que no tienen nada. No habrá cacerías, no seguiré ese discurso del odio. Esos derechos no se tocan.
Garrido soltó una carcajada seca.
—Qué romántico. Vas a gestionar la misma miseria que yo, pero con una sonrisa amable y permitiendo que todos se sientan incluidos en su propia precariedad.
—Quizás —respondió Valera—. Pero para el que duerme o pasea hoy tranquilo porque sabe que no vendrán a por él de madrugada, esa diferencia lo es todo.
Elías bajó a la plaza para recoger su coche. Al cruzar la multitud, vio a una pareja joven que se abrazaba llorando de alivio. Sintió el impulso de decirles algo, de explicarles que su salario valdría menos mañana y que su voto no había cambiado el dueño de sus vidas. Que habían elegido la música de fondo en un ascensor que solo baja. Pero se detuvo. Primero porque el sistema funcionaba porque la esperanza era el mejor sedante del mercado, después, al ver bien cómo se miraban, comprendió entonces la verdadera naturaleza de la farsa. El sistema era un teatro de sombras donde el dinero siempre escribía el final, pero el director de escena aún podía decidir cuánto sufrían los actores y cómo era ese sufrimiento.
Al arrancar, miró el rascacielos por el retrovisor. El capital había ganado de nuevo, como siempre. Pero mientras conducía por los barrios que aún respiraban en paz, Elías admitió que, aunque la jaula fuera de acero inamovible, no era lo mismo vivir en una celda que en un jardín, por muy vallado que estuviera.
El panel táctil de su vehículo se encendió. Un mensaje del banco parpadeó: «Gracias por su servicio al Consenso. Su bonificación ha sido ingresada».
Al llegar a casa, Elías encendió la televisión para el discurso de investidura. Valera hablaba de soberanía, de voluntad popular y de los sagrados valores de la democracia liberal. El guion era perfecto.
Entonces, hubo un pequeño fallo técnico.
Un segundo de silencio antes de que el micrófono se cerrara. Valera se giró hacia su asesor, pensando que ya no estaba en el aire, y su voz, despojada de la calidez electoral, resonó en millones de hogares con la frialdad de una transacción:
—¿Ha subido el índice? —preguntó Valera, despojándose de la chaqueta con un gesto de cansancio—. Bien. Llamad a la Junta; decidles que el decreto de exenciones fiscales estará sobre su mesa el lunes a primera hora. Espero que el tono del discurso haya sido lo bastante… dócil.
La pantalla se fue a negro por un instante antes de dar paso a un anuncio de perfumes de lujo. Elías esperó el estallido, la revuelta, el sonido de los cristales rotos. Pero no pasó nada. A los pocos minutos, las redes sociales estaban inundadas de gente discutiendo si el corte de pelo de la mujer de Valera era el adecuado para una primera dama.
El poder real no necesitaba ocultarse. Había descubierto que el desprecio más absoluto era, simplemente, resultar inevitable.







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