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La vida laboral traducida al idioma de la nada

El indicador holográfico del ojo derecho de Mateo parpadeó con un destello dorado: Tu impacto en el ecosistema ha aumentado un 14 % esta semana. ¡Sigue inspirando!

Mateo suspiró, ajustó la postura en su cápsula de ergoreposo y comenzó a redactar su post diario para Nodo:

«Hoy no vengo a hablar de éxito, sino de vulnerabilidad. Tras una reestructuración de mi mindset holístico, me doy cuenta de que haber sido despedido a las tres de la madrugada por una IA predictiva ha sido el regalo más inspirador de mi carrera. Gracias a mi ex-Lead Catalyst por enseñarme que tocar fondo es solo el primer paso para escalar la resiliencia. #Gratitud #LiderazgoHumano #FailForward»

Añadió una foto en blanco y negro mirando con intensidad al vacío y la lanzó al flujo. En tres segundos, catorce directores de innovación que no conocía le enviaron emoticonos de aplausos y comentarios que decían: «Sublime reflexión, Mateo. El talento siempre encuentra su propio cauce». Nadie preguntó qué había hecho mal para que lo echaran. En Nodo, las desgracias solo eran combustible para la épica corporativa.

Satisfecho con el engagement, Mateo abrió el panel de vacantes. Tenía una maestría en Ingeniería de Sistemas Hidráulicos, pero llevaba dos horas intentando descifrar si alguna de las ofertas requería saber reparar tuberías.

Desplazó el dedo sobre los titulares:

  • Synergistic Data-Driven Empathy Officer (Jornada completa • Remoto)
  • Quantum Growth Hacker & Culture Evangelist (Híbrido • Sector Químico)
  • Chief Storytelling & Frictionless Onboarding Architect (Presencial • Criptominería)

Pulsó en una que parecía prometedora: Senior Fluidic Integration Strategy Facilitator.

El texto descriptivo era una obra de arte de la posverdad laboral:

«Buscamos un perfil disruptivo capaz de orquestar la convergencia entre los flujos líquidos y los stakeholders interdepartamentales, optimizando el rendimiento emocional de las infraestructuras de transporte hídrico mediante metodologías Agile-Scrum-Zen».

Mateo leyó el párrafo cuatro veces. Sopesó cada palabra. Podía significar que buscaban a alguien para diseñar algoritmos de distribución de agua… o a alguien que sostuviera la puerta mientras el fontanero trabajaba. O quizás el fontanero ya no existía y ahora los tubos se arreglaban mediante alineación de expectativas.

Dudó. Tenía dos diplomas y doce años de experiencia, pero no estaba seguro de si era apto, si estaba sobrecualificado o si la oferta era un experimento sociológico generado por un bot.

Para no arriesgarse, pulsó Aplicación Instantánea. El sistema le pidió adjuntar un vídeo de treinta segundos explicando cómo su «propósito de vida» se alineaba con la «misión transformadora» de la empresa.

Mateo miró a la cámara, esbozó la sonrisa ensayada de quienes han sustituido su personalidad por un perfil profesional y dijo:

—Mi mayor defecto es que me apasiona demasiado aportar valor.

El algoritmo validó su solicitud al instante y le otorgó una medalla virtual: Candidato Altamente Resiliente. Mateo sonrió, apagó el holograma y se quedó a oscuras, sin saber si el lunes tendría trabajo o si acababa de postularse para ser el avatar de una marca de detergentes.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…