La maternidad y el deporte de élite.
Hay regresos deportivos que se presentan como gestas. Una lesión, meses de rehabilitación, el esfuerzo de volver a competir y, finalmente, el aplauso. Nos gustan esas historias porque contienen todo lo que el deporte promete: sacrificio, voluntad y una segunda oportunidad.
Pero hay regresos que empiezan con una pregunta bastante menos épica: ¿y si la deportista que quiere volver acaba de ser madre?
Maica García no necesitaba demostrar que sabía competir. Llevaba haciéndolo casi toda su vida. Llegó al Club Natació Sabadell en 1994, cuando tenía cuatro años, y durante las tres décadas siguientes se convirtió en una de las grandes figuras del waterpolo español. Siete Ligas de Campeones, diecisiete Ligas, quince Copas de la Reina. Un oro olímpico en París, un campeonato del mundo y tres títulos europeos con la selección son solo algunas de las medallas que ha ido acumulando. En 2014 fue elegida mejor jugadora de Europa. Pocos currículos permiten discutir su importancia para un club y para un deporte.
El Sabadell había sido su casa desde antes de que pudiera imaginar todo lo que llegaría a ganar. También era el lugar en el que quería seguir jugando después de tener a su hija Olivia, nacida en septiembre de 2025. Su objetivo no era retirarse, sino recuperar su mejor nivel y mantener vivo el sueño de disputar los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 2028. De conseguirlo, quería tener a su hija en las gradas.
No parece una aspiración extraordinaria. Es la de una deportista que quiere seguir siendo deportista.
Sin embargo, el pasado septiembre, Maica anunció que no continuaría en el club de su vida. Lo hizo con una mezcla de dolor e incredulidad difícil de separar de todo lo que había construido allí. Aseguró que el proceso le había provocado fuertes episodios de ansiedad y que no entendía la decisión ni las formas con las que se había gestionado su salida. Después de 32 años, la ruptura no era únicamente profesional.
El Sabadell respondió. Sostuvo que la decisión obedecía exclusivamente a criterios técnicos y deportivos, no a la maternidad. Según su versión, había prorrogado el contrato de Maica hasta agosto de 2026 para proteger sus derechos durante el embarazo y le había comunicado en abril que no entraba en el nuevo proyecto. También afirmó que le ofreció una alternativa profesional dentro de la entidad, pero no como jugadora. Maica, que quería continuar compitiendo, rechazó esa opción.
Hay, por tanto, dos versiones enfrentadas. El club habla de planificación deportiva y de una protección contractual que considera ya aplicada. Maica entiende que el artículo 6 bis del Real Decreto 1006/1985, incorporado por la Ley Orgánica 2/2024, amparaba una prórroga adicional hasta agosto de 2027. La disputa ha llegado a los tribunales y corresponde a la justicia determinar el alcance de esa protección en su caso.
Conviene no confundir las cosas. No podemos afirmar que la maternidad fuera la razón demostrada de la decisión del Sabadell, ni dar por resuelto un conflicto jurídico que todavía tiene que aclararse. Pero tampoco debemos pasar por alto lo que plantea la situación: una deportista que ha dedicado más de treinta años a una entidad termina teniendo que luchar por el reconocimiento de unos derechos que considera suyos justo cuando intenta regresar después de ser madre.
Y hay algo especialmente doloroso en la historia. Maica no se marchó porque hubiera decidido cerrar su carrera. Se marchó porque quería continuarla y tuvo que buscar en otro club el espacio para hacerlo.
El CN Sant Andreu le ofreció esa posibilidad. Allí ha encontrado una nueva etapa y un contrato hasta 2028. Su carrera no ha terminado, aunque eso no borra la forma en que concluyó su anterior etapa. A veces celebramos tanto la capacidad de una persona para sobreponerse a un golpe que terminamos olvidando que quizá el golpe podría haberse evitado.
Maica ha explicado que quiere llevar el caso hasta el final no solo por ella, sino también por las deportistas que no han podido hablar y por las que vendrán después. Le duele acudir a los tribunales, pero considera que debe hacerlo. Es difícil no entenderlo. Si una protección legal existe precisamente para evitar que la maternidad perjudique la carrera de una deportista, su utilidad se mide cuando esa protección se pone a prueba, no cuando todo transcurre sin conflictos.
Y mientras Maica intenta defender su derecho a seguir compitiendo después de ser madre, el fútbol español ha abierto otro debate sobre la misma cuestión.
A principios de septiembre, la Real Federación Española de Fútbol anunció un acuerdo con una clínica especializada para facilitar a jugadoras internacionales y árbitras el acceso a tratamientos de fertilidad, incluida la congelación de óvulos. La federación presentó la iniciativa como una medida innovadora para apoyar la maternidad y favorecer la conciliación.
La propuesta no surgió de la nada. Las propias futbolistas habían planteado la necesidad de contar con más opciones para decidir cuándo ser madres sin renunciar a sus carreras. Sería injusto ignorar esa demanda o negar que los tratamientos de reproducción asistida pueden ayudar a muchas mujeres. La posibilidad de congelar óvulos puede ser valiosa para quien la elija libremente, con información suficiente y sin presiones.
El problema aparece cuando una herramienta que debería ampliar las opciones de una mujer corre el riesgo de convertirse en la solución que más conviene a la institución.
Ana Peleteiro lo expresó con especial claridad. La atleta criticó la iniciativa de la RFEF porque, a su juicio, podía presentar como progreso una medida que terminara animando a las deportistas a posponer la maternidad para no interrumpir su carrera. Su pregunta iba al centro del asunto: «La pregunta no debería de ser cómo conseguimos que una deportista pueda retrasar su maternidad, sino cómo conseguimos que ser madre no penalice la carrera de una deportista».
No se trata de decidir por las futbolistas cuándo deben tener hijos. Tampoco de cuestionar a quien prefiera esperar, congele sus óvulos o decida no ser madre. La libertad reproductiva consiste precisamente en que esas decisiones sean suyas.
La pregunta es otra: ¿qué sucede cuando una institución de la que depende tu futuro profesional te ofrece una herramienta para adaptar tu reloj biológico a las exigencias de la competición? ¿Hasta qué punto esa oferta es una opción más y en qué momento puede empezar a sentirse como una expectativa?
Una medida así puede ampliar la libertad individual y, al mismo tiempo, dejar intacto el problema estructural. No hay contradicción en reconocer ambas cosas. Facilitar tratamientos es compatible con proteger los contratos durante el embarazo, garantizar la reincorporación, respetar la recuperación posparto y ofrecer recursos para cuidar de los hijos. La cuestión es que lo primero no termine sustituyendo a lo segundo.
Porque congelar óvulos no garantiza un embarazo futuro, ni elimina las dificultades físicas, emocionales y económicas de la maternidad. Y, sobre todo, no debería convertirse en la respuesta habitual a un entorno laboral que sigue funcionando como si tener hijos fuese un inconveniente que cada mujer debe resolver por su cuenta.
El deporte de élite exige mucho. Entrenar, viajar, recuperarse, competir y mantener el rendimiento no son tareas fáciles de compatibilizar con la crianza. Nadie necesita fingir lo contrario. Pero tampoco deberíamos aceptar que la solución consista siempre en pedirle a la deportista que haga un esfuerzo más, que espere un poco más, que encuentre la manera de encajar su vida en una estructura que apenas se mueve.
A los deportistas se les habla de longevidad, de gestionar los descansos y de prolongar sus carreras. Se estudia cómo recuperar el cuerpo después de una lesión y cómo aprovechar cada temporada. La maternidad, en cambio, sigue apareciendo demasiadas veces como una interrupción que la mujer debe planificar con precisión para no perjudicar su futuro.
Y cuando regresa, todavía parece obligada a demostrar que sigue mereciendo su sitio.
Maica García ha ganado todo lo que se puede ganar en su deporte. Eso no significa que un club tenga la obligación de mantener indefinidamente a una jugadora por sus éxitos pasados. El rendimiento, los proyectos deportivos y las decisiones técnicas existen, y deben poder discutirse. Pero precisamente por eso hay leyes que establecen límites y protecciones específicas: para que determinadas circunstancias personales no se conviertan en una desventaja profesional y para que las decisiones de una entidad no puedan pasar por encima de los derechos de una trabajadora.
No sabemos todavía cómo terminará el conflicto entre Maica y el Sabadell. Sí sabemos que ella quiere seguir jugando, que ha encontrado un club dispuesto a darle esa oportunidad y que ha decidido defender públicamente una protección legal que considera vulnerada. También sabemos que su caso ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión que afecta a muchas más mujeres que las que vemos competir en una piscina o en un estadio.
Quizá por eso su historia importa más allá del waterpolo. No porque Maica tenga que convertirse en una heroína, ni porque todas las maternidades deban parecerse a la suya. Importa porque una mujer que ha dedicado su vida a un deporte quiere continuar en él después de tener una hija. Y esa aspiración, que debería ser perfectamente normal, ha terminado convertida en una disputa pública y judicial.
No necesitamos que todas las deportistas sean madres. Ni que todas regresen a la élite después del parto. Ni que renuncien a tratamientos que puedan ayudarlas a cumplir sus deseos. Necesitamos que ninguna de esas decisiones se tome bajo la amenaza, explícita o silenciosa, de perder el lugar que se han ganado.
La maternidad no debería ser una prueba adicional de resistencia para quien ya ha pasado media vida superando pruebas.
Y volver no debería ser una hazaña.
Lo extraordinario debería ser que, después de tantos años, una deportista tuviera que pelear para que su vida como madre no se convirtiera en el final de su vida como deportista.







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