MacGuffin: perseguir lo que no importa

¿Y si llevamos años corriendo detrás de la cosa equivocada?

En Psicosis, Alfred Hitchcock necesitaba que el público siguiera mirando una maleta. En Pulp Fiction, un misterioso maletín mueve buena parte de la historia aunque nunca sepamos qué contiene. En El gran Lebowski una alfombra. Una serie de objetos aparentemente importantes consiguen que los personajes se comporten como si el destino del mundo dependiera de ellos en el cine y en la literatura.

Pero no depende. Y esa es precisamente la gracia.

El MacGuffin es ese elemento de una historia que pone en marcha la acción, provoca que los personajes persigan algo, se enfrenten, viajen, investiguen o se metan en problemas, aunque su contenido real pueda ser completamente irrelevante para el espectador.

Lo importante no es lo que contiene. Lo importante es que todos lo quieren.

Hitchcock popularizó el término y contó en diferentes ocasiones una historia sobre dos hombres en un tren que transportaban un misterioso objeto. Uno pregunta qué hay dentro. El otro responde que es un MacGuffin para atrapar leones en las Tierras Altas de Escocia.

—Pero allí no hay leones.

—Entonces no es un MacGuffin.

La anécdota probablemente ha tenido tantas versiones como otras buenas historias de cine, pero sirve para entender el concepto.

El MacGuffin funciona porque no necesita tener valor por sí mismo. Basta con que tenga valor para los personajes. Y quizá ahí empieza lo interesante. Porque fuera de la ficción también tenemos unos cuantos.

Un buen MacGuffin es casi invisible. El protagonista no suele preguntarse si aquello que persigue merece realmente la pena. Lo da por supuesto. Tiene que conseguirlo. Tiene que encontrarlo. Tiene que recuperarlo antes que los demás.

La historia avanza porque existe un objetivo. El público lo sigue porque quiere saber qué ocurrirá cuando el personaje lo consiga. Y, cuando finalmente llega el momento, puede descubrir que aquello que parecía fundamental era secundario. A veces incluso da igual.

El ejemplo clásico es Ciudadano Kane. La palabra «Rosebud» se convierte en el misterio que estructura la película. Queremos saber qué significa. El personaje muere pronunciándola y toda la investigación gira alrededor de ella.

Pero Rosebud no necesita resolver la vida de Kane. Necesita hacernos caminar detrás de la pregunta.

Eso es un MacGuffin: una excusa narrativa que consigue que sigamos avanzando.

Y funciona extraordinariamente bien porque los seres humanos somos muy buenos persiguiendo cosas cuando creemos que al otro lado hay una respuesta.

El problema empieza cuando confundimos el objetivo con el sentido. En una historia, esto resulta perfectamente razonable. En la vida, ya no tanto. Pasamos una parte enorme de nuestra existencia persiguiendo objetivos que hemos convertido en importantes simplemente porque están delante de nosotros.

Un ascenso. Una determinada cantidad de dinero. Una casa más grande.

Más seguidores. Más reconocimiento. Más productividad.

Un título. Un puesto. Una marca. Una opinión favorable.

No hay nada malo en ninguna de estas cosas. El problema aparece cuando dejamos de preguntarnos para qué las queremos.

Porque entonces pueden convertirse en nuestros propios MacGuffin. Nos pasamos años corriendo hacia algo y, cuando finalmente lo alcanzamos, descubrimos que la satisfacción dura bastante menos de lo que habíamos imaginado. Y enseguida aparece otro objetivo. Otra cifra. Otro nivel. Otra meta. Otra cosa que conseguir. La historia continúa.

Pero quizá nunca nos hemos detenido a preguntarnos qué historia estamos intentando contar.

Hay algo especialmente perverso en los objetivos que nunca terminan. El dinero puede ser uno de ellos. No porque sea perjudicial por sí mismo, sino porque es muy fácil transformar una herramienta en un marcador infinito. Cuando tenemos poco, queremos tener más para vivir mejor. Cuando tenemos suficiente, podemos seguir queriendo más porque la cantidad se ha convertido en una medida de éxito.

Lo mismo ocurre con el reconocimiento.

Una persona publica algo y consigue cien «me gusta». Después quiere doscientos. Cuando los consigue, quiere quinientos. No porque el contenido sea cinco veces mejor.

La cifra se ha convertido en el objetivo.

Y las redes sociales son especialmente eficaces fabricando MacGuffins. Seguidores, visualizaciones, comentarios, interacciones. Todo puede medirse. Lo que no siempre sabemos es qué estamos midiendo. Podemos terminar trabajando para una cifra que representa una cosa completamente distinta de aquello que buscábamos al principio.

Queríamos compartir. Terminamos compitiendo.

Queríamos crear. Terminamos produciendo.

Queríamos conectar. Terminamos acumulando seguidores.

Queríamos reconocimiento. Terminamos pendientes de un contador.

El MacGuffin ha ganado.

Pero hay otra trampa más incómoda. A veces no perseguimos lo que queremos, sino lo que creemos que deberíamos querer.

Una carrera determinada. Un trabajo que impresione. Una pareja que encaje en nuestra idea de éxito. Un estilo de vida que parezca deseable desde fuera. Un cuerpo determinado. Un coche. Un viaje. Una casa. Una agenda llena.

No necesariamente porque nos hagan felices, sino porque hemos aprendido que son señales de que nos va bien. Y es difícil detectar el problema porque nadie tiene que obligarnos. Lo hacemos voluntariamente.

La sociedad ni siquiera necesita decirnos exactamente qué perseguir. Basta con mostrarnos constantemente qué aspecto tiene alguien que aparentemente lo ha conseguido.

El resto lo hacemos nosotros. Como si nuestra vida necesitara permanentemente una misión principal y, cuando la completáramos, buscáramos el siguiente objetivo.

Hay una versión todavía más peligrosa. Convertir a alguien en aquello que creemos que necesitamos para completar nuestra historia.

La pareja perfecta. La amistad perfecta. La persona que nos dará reconocimiento. La aprobación de alguien que nunca termina de dárnosla.

El problema no está en querer a alguien. Está en convertir a esa persona en la solución narrativa de nuestra propia vida. Porque entonces dejamos de verla como una persona y empezamos a verla como una respuesta o solución.

Nadie debería cargar con la responsabilidad de darle sentido a nuestra historia. Las personas no son objetos narrativos. Sobre todo, porque una vida no debería depender de que alguien más cumpla el papel que le hemos asignado.

Pero hay cosas que solo importan porque las perseguimos. Esta es quizá la parte más extraña del MacGuffin, que su valor puede ser completamente artificial. No porque sea falso, sino porque su importancia depende de que nosotros decidamos concedérsela.

Muchos objetos diferentes pueden representar esfuerzo, reconocimiento, seguridad o éxito. Claro que sí. Pero ninguno contiene por sí mismo la felicidad que le atribuimos.

Eso no significa que debamos abandonar las metas, vivir sin ambición o fingir que todas las aspiraciones son una pérdida de tiempo. Sería una conclusión demasiado fácil. El problema no es perseguir algo. El problema es no saber por qué.

Necesitamos MacGuffins

Y aquí está la contradicción. Una vida sin objetivos tampoco parece especialmente atractiva. Necesitamos cosas que nos hagan avanzar. Proyectos, deseos, pequeños misterios que resolver y lugares a los que llegar. Incluso podemos necesitar perseguir algo que, visto desde fuera, parezca absurdo.

La cuestión no es eliminar todos nuestros MacGuffins. Es reconocerlos. Saber que aquello que estamos persiguiendo puede ser simplemente el mecanismo que mantiene en movimiento nuestra historia. Y que, cuando lo consigamos, quizá no haya ninguna revelación esperándonos al otro lado. A veces el verdadero premio estaba en otra parte.

La ficción nos ha enseñado algo curioso. Que una historia necesita que sus personajes quieran algo. Sin deseo no hay conflicto. Sin conflicto no hay movimiento. Sin movimiento, probablemente no haya historia.

Pero la vida no tiene por qué funcionar exactamente igual. Algunas cosas importantes lo son precisamente porque no sirven para avanzar en ninguna dirección.

Conversaciones que no lleva a ninguna parte. Paseos sin destino. Jugar por jugar. Pasar una tarde sin convertirla en contenido. Estar con alguien sin fotografiarlo.

En una época obsesionada con medirlo todo, tal vez una de las formas más extrañas de rebeldía sea hacer cosas que no llevan a ninguna parte. Porque quizá hemos confundido demasiado tiempo el movimiento con el progreso. Y quizá nuestro mayor MacGuffin no sea aquello que queremos conseguir.

La pregunta tal vez sea si nosotros estamos escribiendo el argumento o simplemente corriendo detrás del objeto que alguien puso delante.

Deja un comentario

Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…