Polígonos en la niebla

Cuatro pijos en un barco y el terror a desaparecer del feed.

Cuatro energúmenos gritando con un megáfono en una habitación de cien personas en silencio no forman una mayoría, pero si apagas la luz te harán creer que el edificio entero se ha vuelto loco. Las redes sociales operan bajo esa misma estafa acústica. En teoría de redes se conoce como el espejismo de la mayoría: una paradoja matemática por la cual unos pocos nodos hiperactivos y ruidosos saturan las conexiones hasta convencer al resto de que su histeria minoritaria es el sentido común de toda una época.

Ese espejismo está dinamitando la convivencia fuera de la pantalla. Legislamos, discutimos en la cena familiar y diagnosticamos la salud moral del país basándonos en el ruido que genera un uno por ciento de adictos al teclado. Pero el daño colateral más perverso no es solo político, sino íntimo. Al asomarnos a ese escaparate deformado, asumimos que la humanidad entera vive en un estado perpetuo de éxito estético, opinión brillante y validación masiva. Si todo el mundo parece estar en el escenario recibiendo aplausos las veinticuatro horas del día, ¿qué ocurre cuando tú te callas durante cuarenta y ocho horas?

Que dejas de existir. Ahí es donde el engaño estadístico activa el látigo psicológico de la atazagorafobia. Lo que en psiquiatría nació para definir el miedo atávico a ser olvidado o ignorado por los nuestros, los ingenieros de Palo Alto lo han reprogramado en un pánico cotidiano a desaparecer del feed. Subir una reflexión o una foto y comprobar dos horas después que nadie ha comentado provoca hoy el mismo vértigo que sentía Marty McFly en Regreso al futuro al mirar el retrato familiar y ver cómo su propia mano empezaba a volverse transparente.

En el desarrollo de videojuegos utilizamos una técnica de optimización llamada frustum culling: para no sobrecargar la memoria del procesador, el motor gráfico destruye y deja de renderizar todo aquello que no está exactamente frente a la lente de la cámara. El árbol, el edificio o el personaje solo cobran forma cuando el jugador los mira; en cuanto gira la cabeza, desaparecen en la nada matemática. La tragedia contemporánea es que hemos interiorizado esa lógica de programación. Nos sentimos polígonos vacíos que se borran del mapa en el instante en que la mirada ajena deja de enfocarnos.

Quien se ha asomado alguna vez a un ciclo olímpico sabe lo obscena que resulta esta necesidad de validación cada quince minutos. Cuatro años de clandestinidad absoluta donde nadie les da una palmada en la espalda ni certifica su esfuerzo con un corazón digital. Su oficio tiene peso propio porque no depende de una audiencia para existir.

En las aulas se percibe hoy la amputación contraria: jóvenes brillantes que viven una tarde de silencio en sus teléfonos no como un refugio de paz, sino como una muerte civil. Les han hecho creer que una experiencia no registrada es una experiencia fallida.

Hemos pervertido la vieja máxima del filósofo George Berkeley —aquello de que «ser es ser percibido»— para transformarla en una servidumbre contable: existimos únicamente en la medida en que generamos métricas. Esa es la verdad más brutal de nuestro tiempo. Hemos externalizado nuestra existencia en los servidores de Silicon Valley, entregando las escrituras de nuestra identidad a cuatro corporaciones que nos cobran el alquiler en forma de ansiedad. No somos si no nos ven. Y frente a una máquina que nos quiere asustados y haciendo ruido en su escaparate para confirmar que seguimos vivos, el acto más subversivo que nos queda es apagar el foco, desaparecer del radar y descubrir que el pulso sigue latiendo cuando nadie mira.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…