El empleado más rentable
El hielo de la segunda copa de Julián empezaba a claudicar ante el calor de la terraza. Miró de reojo la tablet que Val le extendía. Era un vídeo de treinta segundos sobre una política de vivienda, con infografías limpias y una voz en off aterciopelada.
—Bostezo, Val —dijo Julián, apartando el dispositivo con un gesto de desdén—. Es demasiado civilizado. Parece que estás pidiendo permiso para existir.
Val suspiró, recogiendo el pelo tras su oreja.
—Es riguroso. Hemos contrastado los datos del suelo con tres fuentes.
—Ese es el problema. Has traído un violín a un combate de pressing catch. —Julián encendió un cigarrillo, observando el tráfico de la ciudad como si fuera un flujo de datos—. Si un deportista se lesiona, ¿sabes qué hace la gente? Se levanta para ver si grita. La técnica es silencio; el dolor es estruendo.
—No queremos que nadie grite, Julián. Queremos que entiendan la reforma.
—No, no queremos eso. Entender requiere un esfuerzo que el usuario no está dispuesto a pagar. El pulgar tiene una inercia… darwiniana: solo se detiene ante el pinchazo o la caricia. Si les das un matiz, les das una excusa para seguir bajando hasta encontrar un gato o una ejecución pública.
Val miró la pantalla, donde los gráficos de barras se veían tan inofensivos como un libro de texto en una discoteca. —¿Entonces? ¿Tiramos el rigor a la basura?
—Cámbialo por un enemigo. No les digas cuánto cuesta el metro cuadrado. Cuéntales quién les está robando el jardín. Necesitas que el tipo que lee esto se sienta un espartano en las Termópilas, aunque esté en pijama comiéndose unas tostadas. El seguidor fiel es un mueble, Val. Está ahí, te quiere, pero no hace ruido. El que nos da de comer es el que nos odia.
—Es agotador —murmuró ella.
—Es eficiente. El odio es la única energía renovable que nos queda. Un tipo enfadado vuelve a la aplicación cinco veces para ver si le han contestado al insulto. Comparte tu post para demostrar que eres un idiota, y al hacerlo, nos regala su red de contactos. Es un voluntario que trabaja a destajo por el simple placer de sentirse moralmente superior. Si le das la razón a ambos lados, los desarmas. Y un usuario desarmado no hace click.
Julián dio una calada larga, disfrutando del sutil cinismo de la situación. Recordó aquel estreno de Cronenberg donde la audiencia salió revolviéndose las entrañas; nadie habló de la fotografía, pero la película estuvo en boca de todos durante meses.
—El sistema no busca la verdad, Val, busca la fricción. La complejidad es una avería en la maquinaria. Si el mensaje no se puede resumir en un gruñido o en una pedrada, el verdugo invisible nos enviará al sótano de lo irrelevante. No es censura, es simplemente que no hay tiempo para pensar. El scroll es infinito, pero la paciencia es de un milisegundo.
Val empezó a borrar las capas de la infografía.
—Voy a subir el contraste de la foto. Y a poner un titular que empiece por «La gran estafa que nadie te cuenta».
—Ahora empiezas a hablar el idioma de la verdad —sonrió Julián, pidiendo otra ronda—. No es un debate, es un bombardeo de dopamina. Al final del día, todos somos el hámster en la rueda, solo que a unos nos toca diseñar el tamaño de los barrotes. Que se maten en los comentarios; mientras lo hagan, nosotros seguiremos siendo tendencia.
Abajo, en la calle, miles de personas caminaban con el rostro iluminado por sus teléfonos, alimentando a la bestia con cada movimiento de dedo, buscando desesperadamente el siguiente motivo para sentirse ofendidos. Julián brindó al aire. La noche era joven y el mundo, por suerte para sus intereses, seguía sin tener ganas de entender nada.







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