El último media punta

Cuando todavía había espacio para imaginar

Mi padre no hablaba demasiado durante los partidos. No era de esos que insultaban al árbitro, ni de los que discutían tácticas en la grada como si llevaran veinte años entrenando en Primera. Él iba al fútbol como quien vuelve a un sitio importante. Con cierto respeto. Casi con cuidado.

Pero había días en los que cambiaba. Ocurría cuando Pablo Aimar bajaba a recibir.

Todavía recuerdo esa pequeña alteración en su cuerpo. Ese gesto involuntario de incorporarse un poco en el asiento antes de que el balón llegara siquiera a sus pies. Como si supiera que algo podía pasar. No algo concreto. Algo distinto. Él, que se había enamorado de Claramunt en su día, volvía a sentir las cosquillas propias de la ilusión.

Porque Aimar no prometía goles. Prometía posibilidades. Y eso, en el fútbol, es mucho más raro.

Hay jugadores que aparecen en los resúmenes. Otros aparecen en la memoria. Aimar pertenecía sobre todo al segundo grupo.

No necesitaba tocar cuarenta veces el balón para modificar un partido. A veces bastaba con verlo girar el cuerpo, con esa forma extraña de conducir entre rivales como si todavía existiera espacio en un deporte que empezaba a quedarse sin él. Incluso cuando no intervenía, estaba ocurriendo algo alrededor suyo. El estadio lo esperaba. Y quizá ahí estaba la diferencia. No se esperaba únicamente lo útil. Se esperaba lo inesperado.

Con los años he pensado mucho en aquella figura del media punta. El enganche que aportaba magia. El futbolista que vivía entre líneas como si las líneas no terminaran de afectarle. Jugadores que parecían existir un poco fuera del sistema.

Riquelme caminaba. Rui Costa ralentizaba partidos. Valerón jugaba como quien mueve muebles en una casa silenciosa. Y Aimar… Aimar parecía siempre feliz. Nos enseñó a sonreír a muchos. Algo que el fútbol moderno ha terminado por mirar con cierta sospecha. Hoy todos corren y se toman demasiado en serio.

Los delanteros presionan centrales. Los extremos persiguen laterales. Los mediocampistas recorren kilómetros que antes parecían incompatibles con pensar. Todo está sincronizado, medido, repetido.

El fútbol moderno no tolera demasiadas zonas libres. Mucho menos hombres libres. Y el media punta clásico era precisamente eso: un pequeño acto de desobediencia táctica. Un futbolista que no siempre estaba donde debía. Porque estaba donde podía imaginar algo.

Luego llegaron los mapas de calor. Las transiciones. La presión tras pérdida. El lenguaje empresarial entrando poco a poco en el deporte hasta convertir muchos partidos en una sucesión de mecanismos impecables. El talento empezó a justificarse por su esfuerzo visible.

Ya no bastaba con jugar bien. Había que demostrar continuamente que se estaba trabajando. Y en ese nuevo ecosistema, el media punta comenzó a parecer un lujo.

Demasiado lento. Demasiado libre. Demasiado difícil de encajar en una pizarra.

Aimar todavía pertenece a una época en la que algunos futbolistas podían cambiar el humor de un estadio entero simplemente moviéndose distinto a los demás.

Eso hoy parece exagerado. Vivimos un fútbol obsesionado con explicar cada detalle, cuantificar cada carrera, medir la eficacia de cada entrada o pase. Un fútbol donde muchos aficionados hablan como analistas de datos y donde la emoción parece necesitar validación estadística para existir. Pero nadie iba a Mestalla pensando en porcentajes de recuperación.

La gente iba porque, durante un segundo, podía ocurrir algo hermoso.

Y eso bastaba.

Recuerdo a mi padre sonriendo con una jugada que ni siquiera terminó en gol. Un pase filtrado que acabó en córner. Un control orientado entre dos rivales. Una pared absurda cerca de la banda. Entonces no lo entendía del todo. Hoy sí.

Había futbolistas que justificaban la entrada aunque el partido saliera mal. Jugadores que hacían que el fútbol no pareciera únicamente una competición, sino también una forma de creatividad compartida. Aimar era de esos.

Por eso da cierta tristeza escuchar cómo se habla hoy de aquel tipo de jugador. Como si hubieran sido un capricho romántico condenado a desaparecer. Como si el fútbol hubiera evolucionado inevitablemente hacia algo mejor.

Más rápido, sí.
Más físico, también.
Más perfecto, quizá.

Pero no necesariamente más humano. Porque el media punta no desapareció solo por razones tácticas. Desapareció el día en que el fútbol dejó de conceder tiempo a quien pensaba diferente al resto. El día en que correr empezó a parecer más importante que mirar.

Y quizá por eso algunos seguimos recordando a Aimar con una nostalgia extraña pese a no tener números estratosféricos en la historia ché. No solo por lo que hacía con el balón, sino por lo que provocaba alrededor. La sensación de que todavía quedaba un lugar en el campo donde el fútbol podía detenerse un instante. Respirar. Y volver a jugar como si no todo estuviera decidido de antemano. Que se lo digan a Stam.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…