La tiranía estética que desplaza la Ventana de Overton mientras devoramos palomitas.
Las revoluciones ya no empiezan en las barricadas ni en los manifiestos clandestinos; se estrenan los viernes de madrugada en el catálogo de alguna plataforma de streaming. Durante décadas, la ciencia política nos explicó que la Ventana de Overton —ese marco invisible que delimita qué ideas son aceptables en el debate público y cuáles son una locura radical— se movía gracias a sesudos laboratorios de ideas, discursos parlamentarios y sesgos de prensa.
Hoy, los verdaderos ingenieros de lo aceptable visten vaqueros, diseñan mecánicas de videojuegos en California o escriben guiones de series en habitaciones climatizadas. La cultura de masas ha colonizado la moralidad pública, convirtiendo el supermercado del ocio en el pasadizo secreto por el que la política introduce sus próximas normalizaciones.
Para entender cómo nos han cambiado el mapa mental sin que nos diéramos cuenta, hay que acudir a la psicofísica del siglo XIX y rescatar la Ley de Weber-Fechner. Esta norma científica establece que la relación entre un estímulo físico y su percepción no es lineal, sino logarítmica. Dicho en cristiano: para que percibas que una habitación está más iluminada, no basta con añadir una vela; necesitas duplicar la cantidad de luz. Si la bombilla inicial es potentísima, el nuevo destello tendrá que ser colosal para que notes la diferencia.
Aplicada a la sociología del consumo, esta ley explica el aceleracionismo moral de nuestra sociedad. Para mover la Ventana de Overton a través de la cultura, el sistema no te introduce una idea radical de golpe; te inocula un estímulo estético ligeramente superior al anterior.
El cinismo que hoy nos parece alta comedia en una serie de televisión habría provocado el cierre de la cadena hace treinta años.
Necesitamos dosis de cinismo, violencia, distopía y desestructuración cada vez más elevadas para experimentar el más mínimo cosquilleo de indignación. El umbral de tolerancia se ha disparado. Ayer consumíamos la distopía como una advertencia; hoy la consumimos como decoración de fondo mientras cenamos. Lo que antes era impensable pasa a ser radical, luego aceptable y, finalmente, ley de obligado cumplimiento, simplemente porque nuestro receptor moral se ha anestesiado tras ver cincuenta capítulos sobre el tema.
Pensar que elegimos lo que vemos es el primer síntoma de sumisión al algoritmo. Las plataformas de entretenimiento no son videoclubs gigantes; son gestores de consenso. Cuando una temática —pongamos la mercantilización de las relaciones, la vigilancia extrema o el colapso climático— inunda de forma simultánea tres producciones independientes, dos videojuegos de gran presupuesto y cuatro ensayos de moda, la ventana no se está moviendo: la están empujando.
La ficción prepara el terreno psicológico. Nos familiariza con el monstruo, le da una narrativa atractiva, nos hace empatizar con sus contradicciones y, cuando el político de turno presenta la reforma legislativa correspondiente en el telediario, el ciudadano medio no se escandaliza. Al contrario, experimenta un sutil dejà vu. Siente que «ya ha vivido ahí».
La cultura pop ha dejado de reflejar la realidad del mundo para transformarse en el plano arquitectónico de lo que vendrá. Nos han enseñado a tolerar la crueldad económica y el aislamiento social vistiéndolos de estética cyberpunk apetecible.
Aquí reside el gran sarcasmo de nuestro tiempo. El consumidor moderno se cree un rebelde iconoclasta por devorar ficciones transgresoras desde el sofá de su casa, sin percibir que esa transgresión está perfectamente tasada, empaquetada y facturada por una multinacional con sede en un paraíso fiscal.
Nos permitimos el lujo de debatir sobre los dilemas más extremos en Twitter porque la pantalla ha convertido la moral en un deporte de espectador. Vaciada de trascendencia la realidad, la Ventana de Overton ya no se desplaza por convicción ideológica, sino por saturación estética. Nos cambian el mundo entre capítulo y capítulo, mientras buscamos desesperadamente algo que ver para no tener que hablar con la persona que tenemos al lado.







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