¿Por qué estoy enamorado de la esgrima?

La historia de cómo un deporte terminó encontrando su lugar en mi vida

No recuerdo el día exacto en que me enamoré de la esgrima.

Y sospecho que eso es buena señal.

Las cosas importantes rara vez suceden de golpe. No llegan con una fanfarria ni levantan la mano para anunciarse. Simplemente empiezan a ocupar un espacio pequeño en la vida, casi sin hacer ruido, hasta que un día descubres que ya viven contigo.

Podría decir que todo comenzó con el bronce de José Luis Abajo en Pekín. Quizá fuera allí. Recuerdo aquellos asaltos con una tensión desconocida. El reloj parecía avanzar de otra manera. Cada tocado tenía el peso de una decisión irreversible. Nunca había visto un deporte capaz de comprimir tantos nervios en tan pocos segundos. Cuando Pirri levantó los brazos, celebré una medalla. Solo mucho después comprendí que también había abierto una puerta.

Durante un tiempo seguí haciendo lo de siempre. El fútbol continuaba ocupando el centro del calendario, aunque los deportes olímpicos le iban comiendo terreno poco a poco desde 2004, incluso durante los cuatro años que duraba el ciclo.

Pero la esgrima empezó a destacar sobremanera entre mis preferencias.

Primero fueron los Mundiales. Después los Europeos. Más tarde las Copas del Mundo, los Grand Prix. Empecé a buscar retransmisiones a horas extrañas, a aprender nombres impronunciables, a distinguir estilos sin haberme dado cuenta de cuándo había aprendido a hacerlo.

Entonces entendí algo.

Uno no sabe que ama un deporte cuando celebra las victorias.

Lo sabe cuando sigue viéndolo aunque pierdan los suyos.

Cuando ya no importa si el rival es italiano, coreano, francés o un ruso compitiendo bajo bandera neutral. Cuando descubres que no estás esperando una medalla. Estás esperando un asalto.

Y eso cambia muchas cosas.

Porque el fútbol me había enseñado a pertenecer.

La esgrima me enseñó a contemplar.

Hay una belleza difícil de explicar en dos personas encerradas sobre una pista de apenas catorce metros. Todo parece suceder demasiado deprisa y, sin embargo, el tiempo se estira. Cada paso atrás prepara uno adelante. Cada duda es una invitación. Cada ataque contiene el recuerdo del anterior y la amenaza del siguiente.

Es un deporte donde la violencia aprendió educación.

Donde la inteligencia tiene reflejos.

Donde el cuerpo piensa antes que las palabras.

Quizá por eso nunca me cansa.

Mientras otros deportes empezaban a repetirme, la esgrima seguía encontrando maneras distintas de sorprenderme.

Y entonces apareció el sable.

Recuerdo las primeras veces que vi competir a Lucía Martín-Portugués. No fueron únicamente sus victorias. Fue otra cosa. Algo único e inenarrable.

La manera de vivir cada tocado como si el combate entero dependiera de él. Su explosividad. Su espontaneidad. Esa sensación de que cualquier intercambio podía cambiar el destino de un asalto. Los gritos de todo el equipo cuando una compañera ganaba un punto decisivo. Las discusiones con los árbitros. Las celebraciones desmedidas. La frustración sincera después de un tocado de oro perdido.

Todo parecía importar demasiado.

Y precisamente por eso importaba.

Poco después, la esgrima dejó de estar únicamente al otro lado de la pantalla para mi.

Las conversaciones empezaron a ocupar el lugar de las retransmisiones. Compartieron los cientos de viajes y experiencias ocultas que les atraviesan en cada competición, las derrotas que no aparecen nunca en los titulares, sus libros leídos entre vuelos, sus lesiones, la psicología, el compañerismo, los miedos, la paciencia.

Lucía abrió una segunda puerta sin saberlo. Después llegaron Celia Pérez, Carlos Llavador, Manu Bargues y tantos otros. Cada uno me enseñó una esquina distinta del mismo deporte. Y me detengo por un momento, muy pocos deportistas comunican como lo hace Teresa Díaz, transmite con una claridad y con una pasión tan contagiosa que la convierten en otra gran embajadora de la esgrima. Teresa es ilusión, incluso cuando habla de esa Cara B del deporte.

Yo ya no estaba aprendiendo cómo se ganaban combates.

Estaba aprendiendo, sin saber blandir ningún arma, por qué merecía la pena seguir practicándolos.

Y, entre todas aquellas charlas, hubo algunas que terminaron hablando de cosas que nunca aparecen en una hoja de resultados. Las que realmente importan. De pérdidas compartidas. De padres que ya no tenemos. De cómo el deporte, a veces, no cura nada, pero consigue que ciertas heridas respiren de otra manera.

Nunca olvidaré todo lo que me ha hecho vivir, todo lo que me ha regalado.

Porque entendí que la esgrima no está hecha únicamente de acero.

También está hecha de personas que me brindan mucho más que su tiempo.

Quizá por eso empecé a reorganizar planes.

A calcular cuándo era el siguiente torneo. A buscar enlaces de retransmisión desde una playa, un aeropuerto o la mesa de un bar. A levantar el puño cuando un tocado entraba. A apartar la vista durante una prioridad. A volver a mirar un segundo después.

Y un día ocurrió algo que jamás habría imaginado.

Dejé de preguntarme cuándo jugaba mi equipo.

Quería saber cuándo tiraban ellos.

Yulen Pereira. Santi Madrigal. Araceli Navarro. María Mariño. Da igual si ganaban o perdían. Había llegado a ese punto extraño en el que el resultado seguía importando, pero ya no era el motivo por el que estaba allí.

Eso solo ocurre cuando el deporte deja de ser una competición.

Y se convierte en compañía.

El pasado 16 de mayo, cuando Lucía se proclamó campeona de Europa, sentí una alegría difícil de explicar.

No era orgullo. Esa palabra siempre me ha parecido demasiado invasiva para celebrar el trabajo ajeno.

Era otra cosa.

La alegría limpia que produce ver alcanzar una meta a alguien cuyo camino has tenido la fortuna de conocer un poco.

Y fue entonces cuando entendí definitivamente la respuesta.

No estoy enamorado de la esgrima porque sea el deporte más elegante.

Ni porque sea el más táctico.

Ni siquiera porque sea el más emocionante.

Estoy enamorado de la esgrima porque, casi sin darme cuenta, consiguió algo que jamás pensé que fuera posible.

Hizo que dejara de mirar el reloj esperando al próximo partido de fútbol.

Y empezara a contar los días que faltaban para el siguiente asalto.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…