Aprender a bajarse del caballo

El deporte actual no acepta el derecho humano a envejecer.

En las películas de Clint Eastwood, la cámara no esquiva la rigidez de sus rodillas al bajarse de una camioneta, la pesadez de sus párpados ni el temblor leve de sus manos. Cuando aún lo veíamos actuar, había una extraña y magnética dignidad en ver a un titán de Hollywood aceptando que su cuerpo ya no era el de Harry el Sucio, sino el de un hombre que caminaba despacio hacia el invierno. Eastwood entendió temprano que el paso del tiempo exige cambiar de códigos: cuando el físico retrocede, la autoridad debe emanar de las grietas, no de los músculos.

El deporte moderno, en cambio, le ha declarado una guerra biológica al calendario. Vivimos en la era de los atletas mutantes, hombres y mujeres que desafían las leyes de la naturaleza mediante la hiperoptimización. Sin embargo, detrás de esa fachada de eterna juventud se esconde un drama humano, psicológico y social que el cine crepuscular explica mejor que cualquier analista de datos. Es la historia de un bucle destructivo alimentado por dos fuerzas implacables: el despotismo del propio espejo del atleta y el canibalismo de una grada que ya no sabe mirar con respeto.

Hubo un tiempo en que el declive deportivo se gestionaba con sabiduría posicional. Era un pacto implícito con la biología: pierdo velocidad, gano tablero. El delantero que perdía la punta de velocidad se retrasaba a la mediapunta para pensar un segundo antes que el resto; el centrocampista físico se convertía en un pivote geométrico que gobernaba el partido desde el mapa de su cabeza, corriendo menos y distribuyendo mejor. Se aceptaba la merma física como el peaje necesario para adquirir la maestría táctica.

Hoy, ese proceso de maduración orgánica ha sido saboteado por la propia mente del deportista de élite. Educado en la cultura extrema del no pain no gain, el atleta contemporáneo sufre de un orgullo hipercompetitivo que le impide aceptar un rol secundario. Para él, adaptarse es claudicar; dar un paso atrás es empezar a desaparecer.

Ahí es donde el deporte del siglo XXI activa su particular Paradoja del Barco de Teseo (el dilema filosófico sobre si un objeto al que se le reemplazan todas sus piezas sigue siendo el mismo). El atleta moderno no acude a la medicina para curar sus lesiones, sino para cometer una impostura biológica:

En el tenis: Jugadores que disputan torneos enteros con el pie completamente infiltrado, bloqueando el sistema nervioso para que el cerebro no reciba las señales de auxilio de sus articulaciones.

En el fútbol o el baloncesto: Leyendas cuyos minutos y esfuerzos están monitorizados al milímetro por algoritmos de carga física, durmiendo en cámaras hiperbáricas para acelerar una regeneración celular que su cuerpo ya no puede hacer por sí mismo.

En el motor: Pilotos de más de cuarenta años compitiendo contra adolescentes gracias a entrenamientos de reflejos gamificados en pantallas de luz.

El deportista utiliza la vanguardia científica para silenciar los síntomas de su propia humanidad. Siguen en la pista, sí, pero ya no juegan con su cuerpo; juegan con una réplica sintética de su juventud sostenida por la química y el big data.

En Sin Perdón (Unforgiven), el viejo pistolero William Munny asume que ya no tiene los reflejos para desenfundar más rápido que los jóvenes. No busca un tónico milagroso; acepta su lentitud, descarta la pistola y coge una escopeta. Sabe que con la escopeta no necesita ser el más veloz, solo necesita estar cerca. El drama del atleta moderno es que su propia autoexigencia le prohíbe cambiar la pistola por la escopeta.

Esa obsesión enfermiza por estirar el rendimiento no nace en el vacío. Se alimenta de un ecosistema exterior profundamente deshumanizado: el canibalismo de la grada digital. Consumimos el deporte bajo las lógicas del fast food cultural. Exigimos épica constante, dopamina en cada partido y, por encima de todo, inmortalidad.

Existe una crueldad silenciosa en la forma en que el público gestiona el tramo final de sus ídolos. Hemos sustituido el respeto a la trayectoria por el veredicto sumarísimo del teléfono móvil. El mismo aficionado que aplaudía una gesta histórica hace dos temporadas es el que hoy fabrica el meme cruel en redes sociales cuando ese mismo futbolista llega una décima de segundo tarde a una cobertura, o cuando ese tenista encadena tres errores no forzados en la red.

No toleramos la transición porque utilizamos al deportista como un escudo contra nuestra propia decadencia. Mientras ellos sigan corriendo a 35 kilómetros por hora, nosotros podemos seguir ignorando el paso del tiempo. Por eso, el deportista se sobreexige e intercepta el dolor en el quirófano: porque sabe perfectamente que el entorno no perdona las arrugas. El espectador de cine acude a la sala dispuesto a disfrutar de la madurez de Eastwood; el espectador deportivo acude al estadio exigiendo que el truco de magia sea exactamente el mismo que hace quince años, penalizando el error con la humillación pública.

Cuando el cuerpo ya no responde y la presión externa se vuelve asfixiante, la psicología del atleta de élite entra en un bucle que la informática conoce muy bien: el Efecto Horizonte.

En el mundo del ajedrez por computadora, este fenómeno ocurre cuando el algoritmo detecta que va a perder una pieza de forma inevitable en las próximas jugadas. Como la máquina está programada para evitar la pérdida en su árbol de decisiones inmediato, empieza a realizar movimientos absurdos o secundarios que solo sirven para retrasar el desastre un turno más, empujando la tragedia más allá de su «horizonte» de cálculo, aunque eso destruya por completo su posición final en la partida.

Eso es exactamente lo que hace el atleta hipercompetitivo en su crepúsculo. El retiro es percibido por su subconsciente como el abismo absoluto: la pérdida de la única identidad que ha conocido desde la infancia. Para empujar ese horizonte un año más allá, el deportista activa su propio algoritmo de distracción: acepta contratos agónicos en ligas exóticas de nulo nivel competitivo, se arrastra por los banquillos en roles menores que detesta o se somete a cirugías desesperadas de las que nunca se recuperará del todo. No lo hacen por dinero ni por gloria; lo hacen porque su cerebro prefiere arruinar su propio legado estadístico antes que mirar de frente al vacío del día después.

Se suele decir en la psicología deportiva que el atleta de élite muere dos veces, y la primera es, con diferencia, la más dolorosa. Ocurre el día en que se quita el dorsal para siempre. Al apagarse los focos, el deportista pasa en veinticuatro horas de ser una deidad adorada por miles de personas a ser un ciudadano común (millonario en el mejor de los casos, pero despojado de su halo) que tiene que aprender a gestionar un martes por la tarde sin rutina.

Es ahí, en el reasentamiento, donde se descubre la fragilidad de la red de seguridad. El sistema comercial del deporte está diseñado para el consumo de la gesta, no para el reciclaje humano. Es cierto que existen iniciativas valiosas —como la Oficina de Atención al Deportista del COE o los programas de transición laboral de algunos sindicatos—, pero suelen operar como parches técnicos: cursos de gestión, bolsas de empleo o asesoría financiera. Herramientas útiles, pero insuficientes para un problema que es profundamente existencial.

Nos gastamos millones de euros en psicólogos que enseñen a un chaval de veinte años a soportar la presión ambiental de una final olímpica, pero los dejamos completamente huérfanos cuando, a los treinta y cinco, tienen que aprender a ser «nadie». El sistema los exprime mientras producen luz y los abandona a oscuras cuando se funde el filamento.

La lección crepuscular de Clint Eastwood en Sin Perdón no iba de armas ni de venganza, sino de realismo. Consistía en asumir que envejecer no es una humillación, sino la última frontera del viaje.

Quizá va siendo hora de que el deporte moderno —y nosotros como espectadores— maduremos de la misma forma. Debemos empezar a exigir menos inmortalidad de laboratorio y permitir más humanidad en las canchas; entender que ver a una leyenda perder, fallar y adaptarse a sus limitaciones es un espectáculo tanto o más interesante que verla ganar de forma robótica. Al final, la verdadera maestría no consiste en sobrevivir hasta que el cuerpo reviente, sino en tener el coraje de saber cuándo ha terminado tu película, bajarse del caballo a tiempo y marcharse en paz.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…