La rutina

La coreografía que nos obligó a hablar de algo mucho más importante

Durante unos días ha parecido que el deporte había descubierto algo terrible: alguien había copiado una idea.

Las imágenes han recorrido las redes sociales acompañadas siempre de las mismas palabras. Plagio. Robo. Vergüenza. La polémica estalló cuando la selección rusa de natación artística presentó una rutina con un elemento muy similar a otro estrenado meses antes por España. De pronto, un deporte acostumbrado a ocupar apenas unos minutos en los informativos se convirtió en escenario de un viejo debate que llevaba siglos esperando una excusa para reaparecer.

¿Dónde termina la inspiración y empieza la copia?

La pregunta parecía nueva. En realidad, es una de las más antiguas de la cultura.

Porque el deporte nunca ha dejado de copiarse.

Los entrenadores viven observando a otros entrenadores. Las pizarras cambian de manos con una facilidad asombrosa. Una presión alta viaja de un país a otro. Un saque de esquina ensayado acaba apareciendo meses después en otra liga. Los porteros estudian penaltis ajenos. Los esgrimistas revisan asaltos durante horas buscando un tocado que alguien resolvió mejor. Los nadadores perfeccionan salidas que antes inventó otro. Ninguna disciplina progresa ignorando lo que hicieron quienes llegaron antes.

Al contrario.

Progresa precisamente porque alguien tuvo la humildad de mirar.

Fuera del deporte sucede exactamente igual, aunque nos empeñemos en fingir lo contrario.

Shakespeare tomó historias que ya existían. Picasso nunca escondió cuánto admiraba a Velázquez. El jazz convirtió la repetición en una forma de avanzar. Los videojuegos aprendieron unos de otros hasta construir un lenguaje propio. Resulta difícil encontrar una gran obra que no deba algo a otra anterior.

Y, sin embargo, seguimos enamorados de una idea imposible: la creación completamente original.

Nos gusta imaginar al genio como alguien que despierta una mañana con una ocurrencia que jamás pasó por la cabeza de ningún otro ser humano. Es una imagen romántica. También profundamente falsa.

La creatividad rara vez nace de la nada.

Nace de una conversación.

Lo verdaderamente interesante de la polémica no era decidir si Rusia había cruzado o no esa frontera. Para eso existen jueces, reglamentos y especialistas. Lo interesante era comprobar la facilidad con la que confundimos dos verbos que solo se parecen desde lejos.

Inspirarse.

Apropiarse.

No son lo mismo.

Inspirarse es reconocer que alguien abrió un camino antes que tú.

Apropiarse consiste en hacer creer que el camino apareció cuando llegaste.

La diferencia parece pequeña.

En realidad, sostiene buena parte del progreso humano.

Porque toda disciplina necesita maestros, referencias, influencias. Lo que no puede permitirse es borrar sus huellas.

Quizá por eso el deporte olímpico suele conservar algo especialmente valioso. Aunque la competición dure unos minutos, detrás de cada ejercicio existe una memoria larguísima. Cada salto, cada giro, cada combinación o cada elemento técnico lleva dentro cientos de entrenamientos y decenas de personas que fueron dejando algo de sí mismas para que otros continuaran el viaje.

Nadie empieza realmente desde cero.

Tal vez esa obsesión contemporánea por la originalidad absoluta explique también otro fenómeno. Nos exigen ser constantemente nuevos, diferentes, únicos. Publicar antes. Sorprender más. Inventar otra vez. Como si reconocer una influencia rebajara el mérito de cualquier obra.

Sucede justo lo contrario.

Quien reconoce de dónde viene demuestra que sabe hacia dónde quiere ir.

Quien necesita fingir que todo empezó con él suele tener mucho menos que decir.

Por eso la discusión sobre nuestra rutina trasciende la natación artística. En el fondo, habla de cómo entendemos el talento.

No admiramos a un escritor porque haya inventado el alfabeto. Ni a un músico porque descubriera las doce notas. Ni a un entrenador porque fuera el primero en colocar tres centrales.

Los admiramos porque fueron capaces de llevar una idea más lejos de lo que nadie había imaginado. Quizá ahí resida toda la diferencia. La historia nunca encumbra a quien encontró la primera piedra; solo le registra. Recuerda y homenajea a quien construyó algo con ella.

Y esa es una responsabilidad mucho más difícil que empezar de cero. Porque empezar de cero, en realidad, nunca ha estado al alcance de nadie, no hagan caso a los emprendedores con garaje.

Quizá por eso la discusión tampoco termina en una piscina. Hoy esa misma pregunta sobrevuela la literatura, la música, la pintura o la inteligencia artificial. Todos intentamos averiguar dónde acaba el aprendizaje y dónde empieza la apropiación. La respuesta probablemente nunca sea sencilla, pero sí hay una frontera que merece la pena conservar.

Porque el problema nunca fue aprender de los demás.

El problema empieza cuando dejas de tener algo propio que añadir.

Si la polémica sirve para recordar algo, quizá sea precisamente eso. Que España merecía el reconocimiento por haber abierto un camino. Y que, si Rusia quería demostrar su grandeza, tenía una oportunidad mucho más difícil —y mucho más admirable— que recorrerlo: encontrar el siguiente.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…