Red Herring: el arte de discutir sobre lo que no importa

La pista falsa no siempre es una mentira. A veces solo consigue que olvidemos la pregunta correcta.

Hay historias que saben exactamente dónde quieren llevarnos. Y hay otras que prefieren que miremos hacia otro lado.

El red herring pertenece a esta segunda categoría. En narrativa, es una pista falsa, una información aparentemente relevante que conduce al lector hacia una explicación equivocada. El detective sigue una huella, sospecha de una persona, encuentra una prueba aparentemente definitiva y, durante un buen rato, nosotros seguimos sus pasos convencidos de que estamos entendiendo lo que ocurre.

Hasta que descubrimos que no, que la pista estaba ahí para distraernos. El truco es antiguo y funciona especialmente bien porque no consiste necesariamente en mentir. Un buen red herring puede ser completamente cierto. El sospechoso puede tener motivos. La prueba puede existir. La coincidencia puede ser real. Lo equivocado es la importancia que le hemos concedido.

Y ahí empieza lo interesante. Porque fuera deh las novelas de detectives somos bastante aficionados a hacer exactamente lo mismo.

Una pista falsa no tiene por qué ser falsa

Pensemos en un misterio clásico. Alguien aparece muerto. Hay una ventana rota, una discusión previa, una deuda pendiente y un vecino que se comporta de manera extraña. El lector empieza a unir puntos.

El vecino tiene mala pinta. La deuda parece importante. La ventana rota confirma nuestras sospechas. Todo encaja. Quizá demasiado.

El escritor ha hecho su trabajo si consigue que el lector llegue a una conclusión razonable utilizando información verdadera. El problema no estaba en los datos. Estaba en la historia que construimos alrededor de ellos.

Esto es lo que hace que el red herring sea un recurso tan interesante. Una mentira se puede desmontar demostrando que es falsa. Una distracción es bastante más difícil de combatir porque puede estar compuesta enteramente de verdades.

El truco funciona porque queremos encontrar una explicación

El ser humano tiene una cierta debilidad por las historias cerradas. Nos gusta saber quién lo hizo. Quién tiene la culpa. Qué ocurrió. Por qué ocurrió.

Preferimos una explicación mediocre a admitir que todavía no sabemos qué está pasando. Y cuando aparecen varios datos, nuestro cerebro empieza a conectarlos. No necesariamente porque exista una relación entre ellos, sino porque estamos diseñados para buscar patrones.

Una noticia, una fotografía, una declaración, una estadística, un vídeo… Todo puede convertirse en una pieza de un relato que ya hemos empezado a construir. Y una vez construido, cuesta muchísimo desmontarlo. Ahí el red herring deja de ser solamente una herramienta de escritores y empieza a parecerse bastante a nuestra vida cotidiana.

Las redes sociales son una fábrica de pistas falsas

Internet ha convertido la distracción en un negocio extraordinariamente eficiente. Cada día aparece algo que merece nuestra atención durante unas horas: una polémica, un comentario desafortunado, una fotografía, una frase de un político, un famoso que ha hecho algo, incluso una discusión entre dos personas que nadie conocía ayer y que mañana habrán olvidado todos.

Y mientras tanto, otros asuntos mucho más complejos quedan fuera de plano. Lo curioso es que no hace falta imaginar una gran conspiración. No hace falta que alguien se reúna en una habitación oscura para decidir qué debemos pensar.

La dinámica es mucho más sencilla, lo que provoca una reacción genera más reacciones y lo que genera más reacciones ocupa más espacio. Así que lo que ocupa más espacio parece más importante.

Así podemos pasar tres días discutiendo una frase de diez segundos mientras apenas prestamos atención a un problema que necesitaría tres años de conversación seria. La pista no tiene por qué ser falsa. Simplemente nos ha hecho mirar hacia el lugar equivocado.

La política conoce perfectamente el mecanismo

Pocas cosas resultan más útiles en política que conseguir que el debate ocurra en el terreno que uno ha elegido. Una pregunta incómoda puede recibir una respuesta sobre otra cuestión. Una cifra puede ser sustituida por una anécdota. Un problema estructural puede convertirse en una discusión sobre una persona concreta. Y una conversación sobre las causas puede terminar convertida en una pelea sobre quién ha dicho la frase más ofensiva.

Es una técnica muy vieja, aunque las herramientas hayan cambiado. Si una sociedad está preocupada por algo difícil de resolver, siempre será más sencillo ofrecerle un enemigo sencillo.

Si existe un problema complejo, siempre habrá algún detalle suficientemente llamativo como para convertirlo en protagonista. Y entonces sucede: la gente empieza a discutir apasionadamente sobre la pista falsa.

No porque sea necesariamente irrelevante. Sino porque es mucho más fácil discutir sobre ella.

El red herring perfecto no engaña al tonto

Engaña al que está convencido de que ha entendido la historia, y esta es probablemente la parte más interesante del mecanismo.

Cuando un escritor coloca una pista falsa demasiado absurda, nadie cae. Cuando la coloca demasiado cerca de la verdad, tampoco funciona: el lector descubre rápidamente el truco.

La buena pista falsa tiene que ser plausible. Tiene que encajar. Tiene que ofrecer una explicación suficientemente satisfactoria como para que dejemos de hacer preguntas.

Y esto también explica por qué determinadas narrativas funcionan tan bien fuera de la ficción. No necesitamos que una explicación sea perfecta. Nos basta con que sea suficientemente buena para cerrar el agujero que nos incomoda.

También existe un red herring personal

Quizá el más peligroso sea el que fabricamos nosotros mismos.

«Soy así por lo que me pasó.»

«Si esa persona hubiera actuado de otra manera…»

«El problema es mi trabajo.»

«El problema son las redes.»

«El problema es que nadie me entiende.»

Puede que alguna de esas afirmaciones sea cierta, pero una explicación verdadera también puede convertirse en una excusa para no mirar otra cosa. A veces nos pasamos años investigando la pista equivocada de nuestra propia vida. No porque alguien nos haya engañado sino porque resulta mucho más cómodo.

En una buena novela de misterio, el red herring tiene una función legítima. Nos engaña durante un tiempo para que el descubrimiento final tenga más fuerza; el lector vuelve sobre las páginas anteriores y comprende que las piezas siempre estuvieron ahí.

La diferencia con la vida real es importante. En una novela sabemos que existe un autor que ha colocado las pistas, en la realidad nadie nos garantiza que exista una explicación satisfactoria esperando al final del capítulo.

Por eso conviene conservar una pequeña costumbre que Internet no favorece demasiado: volver atrás. Preguntarse qué estamos discutiendo. Qué información estamos ignorando. Por qué ese asunto concreto ocupa tanto espacio.

Y, sobre todo, si estamos hablando del problema o simplemente de aquello que resulta más divertido hablar.

No siempre habrá una respuesta. Pero la pregunta ya cambia las cosas. Porque quizá la verdadera habilidad no consista en descubrir todas las pistas falsas. Consista en reconocer cuándo llevamos demasiado tiempo siguiéndolas. Y entonces hacer algo que, en una época construida alrededor de la atención, empieza a parecer casi revolucionario: dejar de mirar.

Ha sucedido en este mundial de atletismo, tras la actuación de Quique Llopis y de los relevos o las declaraciones de Tessy Ebosele.

Se ha vuelto a discutir sobre el buenismo, sobre si los deportistas están obligados a encajar las críticas y la presión por ser figuras públicas… porque es más difícil hablar de la responsabilidad propia a la hora de ejercer la libertad de expresión, de la empatía. Reeducarnos como sociedad es más complejo, asumir que entre todos construimos día a día la realidad exige autocrítica. Pensar que «el mundo es así» y que no se puede cambiar es lo sencillo.

¿Qué nos daría perseguir la pista correcta?

Hablar de la indefensión aprendida. Si la crítica posterior es constante y no solicitada, el deportista puede sentir que no importa lo que haga, siempre será criticado. Y esto anula su motivación intrínseca. Esa que el aficionado le presupone continuamente.

Hablar del foco atencional dañado. Las críticas masivas (como las de redes sociales o la prensa), aunque se vistan de constructivas, pueden generar pensamientos intrusivos. El atleta entonces empieza a competir para no fallar en lugar de para ganar, lo que vuelve rígidos los movimientos técnicos.

Pero claro, poner la lupa en psicólogos o en que las afectadas son de cristal nos libera de tener que poner atención a nuestros actos y a nuestras palabras. Discutamos de lo que importa: ¿tan necesaria es nuestra opinión sobre cualquier cosa? ¿dónde queda nuestra responsabilidad afectiva?

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…