La pereza como herramienta antisistema
Nos han inoculado la culpa de no estar produciendo ni cuando dormimos la siesta (quien la duerma). Hemos convertido el tiempo libre en una segunda jornada laboral no remunerada. Ya no descansamos; optimizamos el mantenimiento del chasis para que el engranaje no chirríe el lunes por la mañana. Medir pasos y tachar capítulos nos produce una extraña sonrisa de satisfacción.
Esta histeria de la productividad perpetua no nace de una súbita vocación por el esfuerzo, sino del puro pánico al porvenir. En Después del futuro, Franco Berardi señaló la década de 1980 como el momento exacto en que gripó el motor de la modernidad: se rompió la promesa histórica de que el mañana traería siempre más progreso, más ocio y mayor bienestar material. El futuro dejó de ser una autopista hacia la emancipación para convertirse en un embudo de precariedad continua.
La filósofa Marina Garcés le puso nombre exacto a esta dolencia: la parálisis de la imaginación. Cuando el horizonte se percibe como una amenaza que se cierne sobre nuestras cabezas y no como una página en blanco, la mente se repliega en un presente asfixiante. La supuesta apatía de los jóvenes o la llamada procrastinación no son defectos morales de una generación blanda; son la respuesta biológica más lógica ante un futuro clausurado. Nadie acelera el paso si sabe que el puente de delante está roto.
¿Cuántos deportistas han destrozado su ciclo de cuatro años por la incapacidad de gestionar el descanso?. El sobreentrenamiento es el atajo más rápido a la rotura de fibras. Un tirador de precisión que mantiene el dedo en tensión sobre el disparador antes de tiempo agota el sistema nervioso y desvía el plomo; para clavar el diez en la diana se necesita saber aflojar el músculo entre tanda y tanda. La sociedad contemporánea, en cambio, exige tensar la cuerda sin tregua ni disparo.
La ciencia ficción de mediados del siglo pasado nos prometía semanas laborales de quince horas y máquinas sirviendo combinados mientras la civilización se dedicaba al pensamiento ya las estrellas. En su lugar, el presente nos ha dejado un ciberpunk de saldo donde licenciados con máster pedalean bajo la lluvia para repartir comida rápida y pagar el alquiler de una habitación sin ventilación. Nos han cambiado la utopía por el desgaste continuo.
Reclamar la pereza hoy no es una rendición, sino un acto de sabotaje civil indispensable. Rescatar el «preferiría no hacerlo» del escribano Bartleby o la lucidez de Paul Lafargue en El derecho a la pereza es el único modo de retirar el combustible a una maquinaria que nos consume. La imaginación colectiva no va a despertar mientras sigamos exhaustos por el ruido de la autoexplotación.
Quedarse mirando al techo una tarde de domingo, sin justificación productiva, sin culpa y sin registrar las pulsaciones, es la primera victoria política. En ese aburrimiento fértil, en ese silencio donde nada está en venta ni se rinden cuentas, es el único lugar donde volveremos a respirar para inventar un mañana distinto. Cada vez es más necesario aburrirse, hay que atreverse. Sin él no hay pensamiento crítico.







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