También mentimos cuando contamos la verdad

El editor de nuestra memoria

Hay personajes en la literatura en los que no deberíamos confiar. Nos cuentan lo que ha sucedido, describen a quienes les rodean, explican sus decisiones y hasta parecen bastante razonables. El problema es que, mientras hablan, algo no termina de encajar. Quizá omiten detalles. Quizá interpretan las cosas de una manera demasiado conveniente. Quizá directamente nos están mintiendo.

Y lo fascinante es que, a veces, ni siquiera saben que lo hacen.

Eso es, a grandes rasgos, un narrador poco fiable: una voz que cuenta una historia cuya interpretación no podemos aceptar completamente como verdadera. No significa necesariamente que el personaje mienta. Puede estar confundido, recordar mal, interpretar la realidad desde sus propios prejuicios o ser incapaz de comprender lo que realmente está ocurriendo.

El lector tiene entonces un pequeño problema. Está obligado a escuchar a alguien en quien no puede confiar. Y, curiosamente, eso se parece bastante a vivir.

Uno de los errores más habituales al hablar del narrador poco fiable es imaginarlo como un tramposo. No tiene por qué serlo. Un narrador puede describir los acontecimientos con absoluta sinceridad y, aun así, ofrecernos una versión profundamente equivocada de ellos. Pensemos en alguien que recuerda una discusión ocurrida hace diez años. Está convencido de que dijo aquello. Está convencido de que la otra persona empezó. Recuerda perfectamente el tono de voz, las palabras, incluso dónde estaba sentado. Podría contarlo con una seguridad absoluta. Y podría estar equivocado.

Puede no querer engañarnos y que simplemente sea que la memoria no es una grabadora. Es una reconstrucción.

Cada vez que recordamos algo no recuperamos una película almacenada en algún rincón de nuestra cabeza. Reconstruimos el episodio a partir de fragmentos, emociones, conocimientos posteriores y nuestra interpretación actual de lo ocurrido. Por eso dos personas pueden salir de la misma conversación con dos recuerdos completamente diferentes. Y las dos pueden estar convencidas de tener razón.

Ahí empieza a desaparecer la frontera entre ficción y realidad. La narrativa ha explotado esta idea de formas muy distintas.

En El asesinato de Roger Ackroyd, Agatha Christie convirtió la propia voz del narrador en parte del misterio. En Lolita, Vladimir Nabokov nos obliga a escuchar una versión de los hechos filtrada por una voz extraordinariamente persuasiva y moralmente interesada. En El club de la lucha, la percepción del protagonista se convierte directamente en un problema para quien está leyendo.

Son mecanismos diferentes, pero comparten algo fundamental: el lector no recibe la realidad directamente. Recibe una versión. Y tiene que decidir qué hacer con ella. El buen narrador poco fiable no funciona porque esconda información arbitrariamente. Funciona porque consigue que aceptemos una interpretación y solo después nos obliga a reconsiderarla.

De repente, una escena que creíamos entender adquiere otro significado. Y entonces hacemos algo que debería resultar familiar: volvemos atrás y reconstruimos nuestra propia versión de lo ocurrido.

Aquí es donde el asunto empieza a ponerse incómodo. Porque resulta muy fácil detectar al narrador poco fiable cuando está dentro de un libro. Lo hacemos con cierta superioridad.

«Este tío no es de fiar.»

Perfecto.

¿Y nosotros?

Cuando contamos una historia sobre nuestra vida, también seleccionamos. Recordamos unas cosas y olvidamos otras. Damos más importancia a determinados detalles. Explicamos nuestras decisiones de una manera que nos resulte comprensible. Y, sobre todo, construimos una versión de nosotros mismos que encaje con la persona que creemos ser.

El generoso recuerda aquella vez que ayudó a alguien.

El responsable recuerda todas las veces que cumplió con su obligación.

El perjudicado recuerda perfectamente quién le hizo daño.

El valiente recuerda haber plantado cara.

Nadie necesita estar inventándose nada. Basta con seleccionar. Y la selección ya modifica la historia. Hay algo especialmente interesante en todo esto: solemos confiar mucho más en nuestros recuerdos de lo que deberíamos.

«Lo recuerdo perfectamente.»

Es una frase que debería tranquilizarnos mucho menos. Recordar algo con intensidad no demuestra que lo recordemos con precisión.

De hecho, nuestras emociones pueden hacer que determinados acontecimientos adquieran una nitidez subjetiva enorme. Podemos recordar dónde estábamos, quién estaba presente o qué sensación tuvimos y, al mismo tiempo, equivocarnos en detalles importantes.

Esto no significa que nuestros recuerdos sean inútiles. Significa que no son neutrales. La memoria no solo conserva nuestra historia. También ayuda a escribirla. Y cada vez que la contamos podemos modificarla un poco.

Las redes sociales han convertido esa narración en escaparate. Durante mucho tiempo nuestra historia personal estaba limitada a quienes nos conocían. Podíamos exagerar una anécdota en una cena. Contar nuestra versión de una ruptura a nuestros amigos. Recordar una época de nuestra vida de una manera determinada… Pero poco más.

Ahora podemos construir una versión pública de nosotros mismos. Fotografías. Opiniones. Viajes. Trabajo. Éxitos. Enfados. Libros que estamos leyendo. Películas que hemos visto. Causas que defendemos.

Hasta los momentos aparentemente espontáneos suelen pasar por una selección previa. No mostramos nuestra vida. Mostramos una narración de nuestra vida.

Y cuando repetimos esa narración durante años ocurre algo extraño: podemos terminar creyéndola completamente. No porque sea falsa. Porque hemos dejado fuera demasiadas cosas.

Hay otro fenómeno todavía más curioso: también hacemos casting en nuestros recuerdos. No solo modificamos nuestra propia historia. También repartimos papeles.

Este fue el que me ayudó. Aquel fue el egoísta. Esta persona siempre estuvo ahí. Aquella nunca me quiso realmente. Ese amigo era el sensato. El otro era el problemático.

Convertimos a personas complejas en personajes reconocibles porque las historias funcionan mejor cuando cada uno tiene una función. Pero las personas no son personajes. Y probablemente nosotros tampoco seamos los protagonistas que creemos.

Quizá aquel amigo al que recordamos como un egoísta estaba atravesando algo que desconocíamos. Aquella discusión que seguimos contando durante veinte años tuvo una conversación previa que hemos olvidado. O nosotros mismos fuimos mucho menos razonables de lo que nos gusta pensar.

Eso último cuesta especialmente.

Aquí entra otra pieza importante: nuestros sesgos.

Buscamos información que confirme lo que ya pensamos. Prestamos más atención a aquello que encaja con nuestras expectativas y tendemos a minimizar lo que las contradice.

No hace falta entrar en una cámara de eco de Internet para comprobarlo.

Basta una discusión familiar.

Cada persona recuerda exactamente las pruebas que demuestran que tiene razón. Y las pruebas que favorecen al otro lado parecen, misteriosamente, menos importantes. Esto explica también buena parte de nuestras discusiones políticas, sociales y culturales.

No siempre estamos intercambiando información. A menudo estamos defendiendo narraciones. Y cuando una información amenaza nuestra narración, el problema deja de ser la información. Pasa a ser nuestro orgullo.

El narrador poco fiable puede ser una advertencia

Quizá por eso este recurso literario resulte tan poderoso. No solo sirve para engañar al lector. También puede recordarle que él mismo está interpretando lo que lee.

Cuando descubrimos que un narrador nos ha manipulado, normalmente hacemos una revisión mental de todo lo anterior.

«Entonces aquella escena significaba esto.»

«Por eso dijo aquello.»

«Ahora entiendo ese detalle.»

La ficción nos obliga a desconfiar. Y quizá sea una habilidad que convendría practicar fuera de los libros. Desconfiar un poco de una noticia que confirma exactamente lo que pensábamos. De nuestro propio recuerdo cuando llevamos veinte años contando la misma anécdota. De la versión impecable que tenemos preparada sobre una ruptura. De la explicación en la que nosotros siempre fuimos los razonables.

Incluso de la imagen que hemos construido de nosotros mismos.

Hay algo profundamente humano en querer que nuestra vida tenga sentido. Queremos saber quiénes somos. Qué nos ocurrió. Por qué tomamos determinadas decisiones. Quién nos hizo daño. A quién hicimos daño nosotros.

Y necesitamos que todas esas piezas formen una historia coherente. El problema es que la vida rara vez funciona así. Hay contradicciones. Decisiones absurdas. Errores de los que no aprendimos nada.

Personas que quisimos y que también nos hicieron daño. Momentos en los que fuimos víctimas y otros en los que fuimos responsables. No siempre somos el héroe, tampoco el villano.

A veces simplemente somos el personaje que estaba allí y tomó una mala decisión. Quizá la mayor virtud de un narrador poco fiable no sea enseñarnos a detectar mentiras. Sea enseñarnos a dudar de nuestras propias certezas.

Porque sospechar de quien nos cuenta una historia es relativamente fácil. Lo difícil es preguntarnos qué partes de la nuestra hemos contado tantas veces que ya ni siquiera sabemos si las recordamos o simplemente las hemos aprendido.

Y quizá ahí esté la verdadera trampa. Que el narrador menos fiable de nuestra vida puede ser precisamente aquel al que escuchamos todos los días.

Nosotros mismos.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…