Dejen en paz al juego y al recreo

¡No dejemos de jugar!

El juego no es el premio de consolación que te ganas tras cuarenta horas picando piedra en una oficina; es el andamiaje biológico sobre el que se sostiene la cordura de nuestra especie. Sin embargo, compramos sin rechistar la patraña calvinista de que cualquier minuto que no engorde una cuenta de resultados o no luzca en un currículum es un delito de lesa majestad contra el progreso.

El mercado solo tolera el juego cuando lo desinfecta y lo rebautiza bajo esa etiqueta viscosa de consultoría: la «gamificación». Nos venden insignias virtuales en el trabajo y tablas de puntos en las aulas, domesticando el instinto libre para convertirlo en un vulgar mecanismo de adiestramiento de conducta. Es el sueño húmedo del capitalismo de plataforma: que produzcas sonriendo mientras crees que estás superando una misión secundaria.

¿En qué instante exacto dejamos que nos convencieran de que la vida debía gestionarse así?

El filósofo David Pastor Vico lleva años poniendo el dedo en la llaga de nuestra mayor miseria colectiva: nos hemos quedado aterradoramente solos. Nos encerramos en trincheras de desconfianza profiláctica, educados para sospechar del vecino antes de darle los buenos días. Frente a ese individualismo estéril que pudre los barrios, el juego libre no es un pasatiempo infantil; es la argamasa ética fundacional de cualquier sociedad sana.

Antes de aprender a redactar contratos mercantiles o a competir por migajas en redes sociales, aprendemos a convivir en el barro. Cuando cuatro chavales tiran dos mochilas al suelo para marcar los postes de una portería o deciden que las baldosas rojas son lava volcánica, están fundando una república en miniatura. No hay árbitros federados, ni cámaras de fotofinish, ni un código penal impreso. Hay un pacto implícito, autorregulación y una lectura constante del ánimo ajeno: si uno abusa de su fuerza o hace trampa sistemática, la partida se desintegra y todos pierden. Destruir ese espacio de fricción comunitaria para sentar a un crío de siete años frente a una pantalla a rellenar fichas estandarizadas no crea mentes brillantes; fabrica autómatas solitarios con una propensión terrorífica a la ansiedad.

La primera lección que te da cualquier preparador siempre es la misma: nadie gana un maratón entrenando al fallo neuromuscular constante. El ácido láctico pasa factura, la fibra se rompe y el tendón colapsa. El músculo no crece durante la serie agónica; crece durante la fase de descompresión.

En la pedagogía ocurre lo mismo. Mientras en el sur de Europa y en el mundo anglosajón cargamos las espaldas de los niños con mochilas que parecen sacos de cemento y encadenamos jornadas de siete horas lectivas seguidas de deberes hasta la cena, Finlandia decidió atender a la biología. La ley finlandesa blinda quince minutos de recreo al aire libre por cada cuarenta y cinco de clase. Llueva, granice o caiga la noche polar.

No se trata de una concesión caritativa de los profesores, sino de pura fisiología del esfuerzo. La corteza prefrontal de un niño (y la nuestra) no está diseñada para mantener la atención sostenida en un pupitre durante un tercio del día sin fundirse. En el modelo nórdico, la escolarización formal arranca más tarde y los deberes son casi un tabú social. Sus alumnos barren en los indicadores internacionales no a pesar de pasarse la infancia subidos a los árboles, sino precisamente porque jugaron a subir a los árboles y nadie les frenó. Quien aprende a resolver una disputa territorial sobre un columpio sin mediación adulta desarrolla una plasticidad cognitiva que jamás se adquiere memorizando la lista de los reyes visigodos.

Al alcanzar la edad adulta, el mandato social se vuelve taxativo: liquida al niño, ponte la camisa de fuerza del pragmatismo y siéntate en un cubículo a procesar expedientes hasta que el cuerpo aguante.

En mitad de ese páramo de asfalto y rendimiento obligado, el videojuego se alza como el último reducto de soberanía.

Encender la consola, agarrar el mando y adentrarse en un mapa intrincado o en la deliberación táctica de un combate por turnos no es una evasión cobarde de la realidad. Es un acto de insumisión política e intelectual. Es la decisión deliberada de plantarse y decirle al mercado: «Durante las próximas dos horas, mis decisiones no buscan complacer a otros ni justificarse ante nadie».

Aceptar voluntariamente las reglas complejas de un mundo ficticio por el mero gusto estético de dominarlas es el eco adulto de aquellas mochilas arrojadas en el descampado. Una trinchera indispensable para recordarnos que la imaginación, la pausa y el juego no son lo que nos queda cuando terminamos de ser productivos, sino otra forma de aprender más libre y la única razón por la que merece la pena continuar muchas veces.

Deja un comentario

Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…