Hay derrotas que terminan cuando acaba el partido. Otras necesitan un culpable.
Una final dura noventa minutos. El relato que construimos después puede durar mucho más.
Cuando termina un partido así, empieza otra competición. Ya no se juega en el césped. Se juega en las declaraciones, en los vídeos recortados, en las tertulias, en las redes sociales y en esa necesidad casi instintiva de demostrar que, aunque hayamos perdido, seguimos teniendo razón.
La derrota resulta más llevadera cuando conseguimos convertirla en otra cosa.
Argentina perdió la final del Mundial contra España. No fue una derrota cualquiera: perdió el último partido, el trofeo y la posibilidad de cerrar el torneo como había imaginado. Después llegaron los enfrentamientos entre jugadores, el malestar durante la entrega de medallas y, con el paso de las semanas, las sanciones de FIFA.
Leandro Paredes recibió diez partidos de suspensión. Nahuel Molina, siete. Roberto Fabián Ayala, tres. Thiago Almada, uno. Gavi también fue sancionado con un partido. La AFA recibió además una multa por distintos incidentes ocurridos durante el campeonato.
A partir de ahí, cada uno pudo elegir su propia película.
En una de ellas, había unos jugadores argentinos que habían cruzado una línea. En otra, unos jugadores españoles que habían provocado. En otra, un árbitro que había permitido demasiado. En otra, una FIFA que actuaba con distinta vara de medir.
El fútbol tiene una extraordinaria capacidad para fabricar argumentos después de que hayan ocurrido las cosas. Y cuanto más queremos a nuestros colores, más fácil resulta encontrar alguno que nos guste. No es una particularidad argentina. Lo hacemos todos.
Quizá por eso las discusiones deportivas se parecen cada vez menos a discusiones sobre deporte. Lo importante ya no es tanto qué ocurrió como quiénes eran los nuestros y quiénes estaban enfrente.
Una entrada puede ser brutal o intensa. Una protesta puede ser legítima o ridícula. Una provocación puede ser intolerable o parte del juego. Una celebración puede ser pasional o una falta de respeto. Todo depende, con una precisión bastante incómoda, de la camiseta.
Hay algo infantil en eso, aunque no necesariamente en el fútbol.
Es el mismo mecanismo con el que de niños dividíamos el mundo entre los nuestros y los otros. Los nuestros podían hacer trampas porque había una explicación. Los otros hacían trampas porque eran tramposos.
Con los años cambiamos de vocabulario, pero no siempre de comportamiento.
Ahora hablamos de contexto, de provocaciones, de antecedentes, de arbitrajes, de campañas, de vídeos que demuestran una cosa y de otros vídeos que demuestran exactamente la contraria.
Tenemos mejores argumentos, no necesariamente mejores criterios.
Lo curioso es que el fútbol podría ser uno de los lugares donde más fácilmente podríamos aprender a convivir con una idea sencilla: que alguien puede ser de los nuestros y estar equivocado.
Pero preferimos otra.
Que si es de los nuestros, alguna explicación tendrá.
Y ahí empieza el problema.
Porque la pertenencia es una cosa poderosa. No solo queremos que gane nuestro equipo. Queremos que nuestra versión de lo ocurrido gane también. Queremos que el árbitro vea lo que nosotros vimos, que la televisión repita la jugada que nos interesa, que el rival quede como arrogante, que nuestros jugadores tengan carácter, que nuestra derrota tenga una causa digna, que alguien pueda señalarse con el dedo…
La historia queda mucho más ordenada cuando tiene buenos y malos.
Y quizá por eso resulta tan difícil aceptar algunas derrotas: porque perder un partido es una cosa; descubrir que quizá los nuestros no tenían razón es otra bastante distinta.
España ganó aquella final. Argentina perdió.
Y algunos futbolistas argentinos se comportaron mal después de perder. Otros participaron en los enfrentamientos. La FIFA estudió lo sucedido, estableció responsabilidades y sancionó a varios jugadores de ambos equipos.
No hace falta mucho más.
No hace falta convertirlo en una condena a un país, ni construir una superioridad moral española a partir de ello. España también ha tenido futbolistas que han perdido los papeles. También ha tenido aficionados que han confundido pasión con permiso. También nosotros hemos encontrado alguna vez una explicación maravillosa para una conducta que, vista en el rival, nos habría parecido vergonzosa.
Precisamente por eso resulta interesante. Porque lo incómodo de una historia así no es descubrir que los argentinos pueden tener mal perder.
Lo incómodo es reconocer lo fácil que sería hacer exactamente lo mismo si cambiáramos las camisetas.
Hay una escena que se repite en muchos los deportes y en casi todos los países. El rival hace algo. Nos indignamos. Horas después, alguien de nuestro equipo hace algo parecido: entonces aparece el contexto.
A veces incluso aparece la memoria: aquello que el rival hizo hace cinco años, una provocación anterior, una injusticia antigua, un árbitro que una vez nos perjudicó. El archivo de agravios siempre está disponible. Nunca nos falta una razón para devolver el golpe.
Y así, poco a poco, dejamos de mirar lo que ha sucedido. Miramos quién lo ha hecho.
Quizá por eso las sanciones importan menos que la reacción ante ellas. Una sanción se puede discutir. Una jugada también. Incluso un árbitro puede equivocarse. Lo que resulta más difícil de discutir es esa pequeña operación mental mediante la cual una misma acción cambia de significado cuando cambia la camiseta.
Ahí el fútbol deja de ser solamente fútbol. Porque fuera del estadio hacemos exactamente lo mismo.
Defendemos a los nuestros en política, en cultura, en las redes sociales, en las discusiones públicas. Perdemos interés por los hechos cuando contradicen al grupo al que pertenecemos. Encontramos matices donde antes veíamos certezas. Y, cuando ya no queda ningún argumento, siempre podemos recordar que los otros empezaron.
Es una manera bastante eficaz de no tener que cambiar de opinión. También es una manera bastante triste de mirar el mundo. Quizá la madurez de una afición no se mida por cuánto celebra cuando gana.
Eso es fácil.
Tampoco por cuánto protesta cuando pierde: eso lo sabemos hacer todos.
Tal vez se mida por algo mucho menos espectacular, por su capacidad para mirar a uno de los suyos y decir: esto no está bien.
Sin añadir un «pero».
Sin sacar una jugada anterior.
Sin recordar lo que hizo el rival.
Sin necesidad de que nadie nos conceda nada a cambio.
Porque una camiseta debería servir para reconocer a los nuestros. No para convertirlos en inocentes. Y quizá esa sea la diferencia entre tener colores y vivir encerrado dentro de ellos.
Al final, España levantó la copa y Argentina tuvo que marcharse. El partido terminó allí.
Lo que siguió después fue otra cosa: una batalla por decidir qué versión sobreviviría. Y en esa batalla, como casi siempre, había demasiada gente preocupada por encontrar al culpable y muy poca por hacerse una pregunta bastante más incómoda:
¿Seguiríamos pensando lo mismo si la camiseta fuera otra?







Deja un comentario