Matar a ‘Médico de Familia’: el prime time nos robó el salón y el sueño

De ‘Compañeros’ a ‘Élite’: la balcanización del sofá

Hubo una época en que la arquitectura de un hogar se diseñaba alrededor de un único punto de gravedad. Era un aparato ruidoso y pesado que presidía el salón. La televisión, sustituta de la radio, funcionaba entonces como una hoguera primitiva. Alrededor de ella, la tribu familiar se reunía cada noche no solo para entretenerse, sino para ensayar una especie de negociación diaria que normalmente perdían los más pequeños.

Hoy, ese fuego está completamente apagado. Lo que queda es un páramo de pantallas individuales y un país crónicamente cansado. La extinción de la televisión comunitaria no ha sido un accidente fortuito. Es el resultado de un triple desmantelamiento: nos cambiaron las horas, nos fragmentaron la casa y, por consecuencia, nos transformaron como sociedad.

El primer golpe fue cronológico. A mediados de los noventa, las series estrella de la televisión en España empezaban puntuales a las diez menos cuarto, incluso antes. Para cuando llegaban los créditos finales, a las de once y media, media España apagaba el interruptor con las ocho horas de sueño garantizadas. Existía un pacto implícito entre las cadenas y los ritmos biológicos de sus espectadores.

Entonces llegó la tropelía de la audiencia instantánea y ese invento llamado access prime time donde actualmente se colocan La Revuelta, El Intermedio o El Hormiguero. Para inflar las cuotas de pantalla de la franja nocturna, los programadores retrasaron el inicio del plato fuerte. Primero a las diez, luego a las diez y media… hasta rozar la medianoche actual. Águila Roja vivió lo suficiente como para sufrir hasta cuatro retrasos en su hora inicial.

¿De verdad se puede conciliar la vida laboral con ficciones o programas que terminan de madrugada? Obligar a un ciudadano que madruga a elegir entre el desenlace de su intriga favorita y el descanso básico no es entretenimiento; es un sutil experimento de privación del sueño. El prime time ya no acompaña al fin de la jornada, lo sabotea. Más cuando en los institutos la conversación clave al día siguiente giraba en torno a lo sucedido, perdérselo era casi un acto de automarginación.

Este secuestro del reloj funcionó como el perfecto caballo de Troya para desmantelar el espacio físico común. Al volverse los horarios incompatibles con la convivencia —unos necesitaban dormir, otros querían estirar la noche— la vivienda sufrió su propia mutación. Entró en juego la segunda televisión, ese aparato que colonizó primero la cocina y luego el dormitorio.

El mando a distancia del televisor fue, probablemente, la mayor escuela de diplomacia que ha conocido este país. Con él se aprendía a ceder, a pactar y a tragarse un programa ajeno a cambio de treinta minutos de tu serie favorita (Melrose Place a cambio de Lo + plus). Había un consenso forzoso. La llegada de la segunda pantalla, multiplicada hoy hasta el infinito por teléfonos y tabletas, rompió el tratado de paz. El hogar dejó de ser un punto de encuentro para convertirse en un archipiélago. Compartimos la misma red wifi, pero habitamos islas completamente aisladas.

Como es lógico, este cambio en la geografía del hogar se refleja de forma matemática en las historias que consumimos. Las ficciones ya no se escriben para gustar a todos, sencillamente porque ya nadie suele estar sentado al lado de nadie.

Médico de Familia triunfaba porque era un bálsamo integrador. Su estructura permitía que el abuelo, los padres y los niños encontraran un espejo donde mirarse. El gran conflicto nacional era un romance blanco entre Nacho Martín y su cuñada que tardó tres temporadas en materializarse. Una década después, Los Serrano recogía el relevo mostrando una evolución social evidente: la normalización de las familias reconstituidas, el cambio del lenguaje cotidiano, pero manteniendo el empeño de sentar a todo el grupo en el sofá. Incluso los dramas adolescentes de Compañeros mantenían un idealismo de barrio, un código ético que buscaba el diálogo con los mayores.

Compárese esa inocencia con fenómenos contemporáneos de ficciones como Élite. Esta narrativa ya no busca el consenso; está diseñada para el consumo hiperindividual. Es el producto ideal para verse a oscuras, con auriculares y la pantalla a diez centímetros de la cara. El idealismo de instituto ha mutado en un nihilismo hedonista y estético de nicho. Las series mainstream ya no tienden a reflejar debates comunitarios; estimulan pulsiones individuales. Son reflejo y testigo histórico de cada época.

Sería injusto, sin embargo, colgarle toda la culpa a los programadores televisivos. Ellos, en el fondo, solo se adaptaron a una inercia mucho mayor. Este desajuste de la parrilla es el síntoma definitivo de una sociedad que ha estirado el día de forma artificial. Vivimos atrapados en jornadas laborales eternas, camufladas bajo una falsa flexibilidad o una hiperconectividad que disuelve la frontera entre la oficina y el hogar. Volvemos a casa más tarde, exhaustos y con el correo electrónico aún parpadeando en el bolsillo.

Y los más pequeños no se libran de esta centrifugadora. Hemos convertido la infancia en un simulacro de alta competición o de junta de accionistas. Los niños empalman baile con inglés, y baloncesto con violín, estirando sus actividades extraescolares hasta rozar la noche. Parecen atletas en busca de una marca mínima para un mercado futuro, cuando apenas tienen diez años, en el mejor de los casos se lo pasan bien hasta que sus progenitores pueden volver a casa.

Cuando la tribu coincide al fin bajo el mismo techo, ya no queda energía para el consenso ni para la palabra. El salón ya no puede ser un espacio de debate porque venimos sobreestimulados de fuera. El cuerpo solo pide un anestésico a la carta para apagar el cerebro antes de que suene la alarma del día siguiente.

Al final, este viaje nos deja una paradoja impecable. Hemos conquistado una libertad de elección absoluta y catálogos infinitos que desafían al tiempo. Sin embargo, el peaje ha sido costoso: cambiamos la experiencia compartida por el aislamiento, y el bendito descanso por la fría luz azul que nos vigila desde la mesita de noche.

Una respuesta a «Matar a ‘Médico de Familia’: el prime time nos robó el salón y el sueño»

  1. […] que el cine funcionaba como el cemento de la cultura de masas. Hoy, en plena era de la dispersión, como ya venimos comentando, conviene levantar el capó de esos transatlánticos para entender qué tenían y, sobre todo, qué […]

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…