Todo el mundo odia a Flanders

La muerte del personaje redondo

El cine contemporáneo sufre de anorexia psicológica. Escribir un personaje con contradicciones internas, capaz de habitar una zona gris o de cambiar legítimamente de opinión, se ha convertido en un riesgo financiero que la industria ya no quiere asumir. Es mucho más rentable extirparle el cerebro a una creación de ficción y dejar que un único rasgo cómico, extravagante o ideológico devore todo lo demás. A este proceso degenerativo lo llamamos flanderización (sí, por Ned, el vecino de Homer Simpson). No es un simple despiste de guionistas perezosos; es el modelo de negocio definitivo de la cultura de masas.

La trayectoria del capitán Jack Sparrow en la saga Piratas del Caribe ilustra a la perfección esta decapitación creativa. En la película original de 2003, Sparrow era un antihéroe impredecible, un superviviente cínico y brillante que ocultaba una brújula moral rota tras una calculada máscara de excentricidad. No sé cuántos años y secuelas después, la codicia de los despachos redujo al personaje a un meme andante. Un borracho ruidoso que se tropezaba con los decorados y gesticulaba como una caricatura de parque temático. El rasgo accesorio se tragó al ser humano.

El novelista E.M. Forster ya nos advirtió en sus teorías literarias sobre la diferencia entre personajes planos (flat) y redondos (round). Los primeros se construyen en torno a una sola idea fija; los segundos tienen la capacidad de sorprendernos de manera convincente. La tragedia de la flanderización es que no opera como un punto de partida, sino como una enfermedad degenerativa de la industria: coge una creación originalmente redonda y la aplana a martillazos en nombre del merchandising y el consumo rápido.

Esta obsesión por la simplificación radical no es exclusiva de las secuelas de Hollywood y de las series de humor. La televisión mercantiliza incluso el esfuerzo humano bajo este mismo patrón de guion.

Una gimnasta invierte quince años de su vida en dominar la biomecánica, regular la presión arterial bajo estrés y comprender la geometría del espacio. Quince años de reclusión militar en un centro de alto rendimiento. Sin embargo, cuando llegan los Juegos Olímpicos, el realizador de la cadena y el periodista de turno necesitan empaquetar esa abrumadora complejidad humana en la viñeta de treinta segundos previa a la final.

Al instante, la deportista es flanderizada para el gran público. Pasa a ser, única y exclusivamente, «la rebelde indomable que entrena enfadada con el mundo» o «la joven rota que compite para homenajear a su padre fallecida». La verdad del entrenamiento, los matices de la técnica y el dolor real se sacrifican en el altar del melodrama barato. Si tu historia no se puede resumir en un solo rasgo vendible y lacrimógeno, eres invisible para la realización de televisión.

Sería reconfortante pensar que somos víctimas pasivas de esta pereza narrativa, pero la realidad es mucho más incómoda: nos flanderizamos a nosotros mismos a diario en la esfera pública. Las redes sociales operan exactamente bajo la misma lógica de mercado que los peores guiones de las franquicias de superhéroes. El algoritmo exige identidades monorasgo para poder catalogarnos, segmentarnos y vendernos publicidad con la máxima eficiencia posible.

Por eso el debate público contemporáneo se ha transformado en un desfile aburrido de arquetipos puros. La complejidad individual ha sido sustituida por etiquetas predecibles: el «criptobro», la «tradwife», el «intelectual escéptico» o el «activista indignado» de guardia. Hemos renunciado voluntariamente a nuestras ricas e inevitables contradicciones humanas para convertirnos en perfiles planos, fácilmente digeribles por una audiencia que ya no tiene la paciencia necesaria para procesar los detalles. Nos da pánico defraudar las expectativas del personaje que nos hemos construido en la red. El espectador moderno ha terminado por convertirse en el peor guionista de su propia vida, aplaudiendo en bucle la caricatura que lo mantiene a salvo de la maravillosa y compleja realidad.

El resultado ulterior ya lo conocemos, cuando estiras demasiado una serie, los Ned Flanders o Amador Rivas de turno, que te la habían sostenido gracias a que el espectador sabía qué esperar de ellos (confort), se queman y agotan; pues se han exagerado y reducido al absurdo hasta consumirse. Sus nuevas personalidades simplificadas sustituyen a las originales y se convierten en parodias de sí mismos.

Esta parodia, por tanto, no es un accidente del guion, sino el destino inevitable del capitalismo cultural. Cuando la audiencia prefiere el refugio de lo predecible antes que el esfuerzo de descifrar a un ser humano complejo, la industria responde extirpando el matiz sin pestañear. Prefiere la camilla de la enfermería antes que arriesgarse a un final de puerta grande. O no.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…