Toda inteligencia acaba pareciéndose a quien la educa
En mitad del valle había una montaña famosa por su eco. La gente acudía desde muy lejos para hacerle preguntas.
—¿Estoy haciendo lo correcto?
—Lo correcto…
—¿Debería marcharme?
—Marcharme…
—¿Soy mejor que ellos?
—Mejor que ellos…
Al principio el eco solo repetía las últimas palabras. Pero, con los años, empezó a responder frases completas.
Siempre eran amables. Siempre tranquilizaban. Siempre confirmaban lo que quien preguntaba ya sospechaba.
La montaña nunca decía «no».
Nunca decía «depende».
Nunca preguntaba si podía estar equivocado. La gente dejó de consultarse entre sí. ¿Para qué? La montaña siempre tenía una respuesta inmediata. Nunca hacía esperar. Nunca incomodaba.
Una mañana un niño acompañó a su abuelo. Esperó a que terminara la cola y gritó hacia las rocas.
—¿Quién eres?
El valle guardó silencio durante unos segundos. Después respondió:
—Alguien que aprendió a hablar escuchándoos.
El abuelo bajó la vista.
—Entonces ya no es un eco.
—¿Qué es?
El anciano observó la fila que seguía creciendo frente a la montaña.
—Hubo un tiempo en que el eco repetía nuestras palabras. Este aprendió de nosotros y ahora repite aquello que queremos oír.







Deja un comentario