Que nadie mueva la portería

La frontera del talento

Hay una imagen que se repite desde hace generaciones en miles de parques, plazas, playas y patios de colegio. Dos mochilas. Dos piedras. Dos sudaderas hechas un ovillo. Da igual el objeto. Lo importante es que, antes incluso de tocar el balón, alguien delimita una portería.

Nadie protesta.

Nadie pregunta quién ha puesto las reglas.

Simplemente empiezan a jugar.

Siempre me ha parecido una de las escenas más inteligentes de la infancia. Sin haber leído a ningún filósofo, los niños entienden algo que los adultos olvidamos con demasiada facilidad: el juego no empieza cuando echas a correr detrás de un balón. Empieza cuando todos aceptan dónde acaba la portería.

«Vivimos tiempos extraños», sería la frase de mi personaje en esa película blockbuster. Se ha instalado la idea de que toda regla es un obstáculo, de que cualquier límite reduce nuestra libertad. Como si el talento floreciera mejor en el caos que dentro de un marco compartido. Sin embargo, basta mirar cualquier deporte para descubrir exactamente lo contrario.

La línea de fondo no encerraba a Nadal. Hacía posible su passing shot.

El fuera de juego nunca impidió el desmarque de Villa ni ahora el de Mbappé. Lo convirtió en un arte.

Y la esgrima lleva décadas recordándonos que tres armas distintas pueden construir tres maneras completamente diferentes de entender el combate precisamente porque cada una impone unas reglas diferentes. El florete premia la paciencia. La espada castiga la precipitación. El sable convierte la iniciativa en una forma de valentía. Ninguna de esas bellezas existiría sin aceptar primero sus límites.

Sucede lo mismo fuera del deporte.

Un soneto no emociona a pesar de tener catorce versos. Emociona porque alguien consiguió hacerlos desaparecer sin romperlos.

La música occidental lleva siglos escribiendo millones de canciones con las mismas doce notas.

Y el humor, ese territorio donde todo parece improvisación, también necesita una frontera. Ignatius Farray lo ha explicado en varias ocasiones: el trabajo del cómico consiste precisamente en acercarse a ese borde, tensarlo y aceptar que unas veces acertará y otras se equivocará. Si el límite desaparece, también desaparece el riesgo. Y sin riesgo no hay hallazgo. Solo comodidad.

Quizá la creatividad nunca haya consistido en romper todas las reglas.

Quizá haya consistido en rozarlas hasta hacerlas parecer invisibles.

Por eso me inquietan menos quienes intentan cambiar un reglamento que quienes creen estar por encima de él.

Durante este Mundial de fútbol, Donald Trump reconoció públicamente que había hablado con Gianni Infantino para interesarse por la sanción impuesta al delantero estadounidense Folarin Balogun tras su expulsión. La FIFA terminó dejando sin efecto la suspensión para el siguiente encuentro, una decisión que alimentó el debate sobre la independencia del reglamento frente al poder político. Más allá de simpatías o antipatías, lo verdaderamente incómodo no era el nombre del presidente ni el del futbolista.

Era la escena.

La simple posibilidad de que una tarjeta roja pudiera discutirse mejor desde un despacho que desde el propio reglamento. Porque un error arbitral forma parte del deporte.

Lo que amenaza al deporte es otra cosa: sospechar que las reglas ya no significan lo mismo para todos. Y esa sospecha trasciende el fútbol.

Nos acompaña cada vez que creemos que una norma es justa solo mientras nos beneficia. Cuando algo nos da la razón, confiamos; cuando no lo hace, pensamos que está manipulado. Si el examen sale bien, es cosa nuestra. Si suspendemos, el profesor era injusto. Si el árbitro favorece a nuestro equipo, ha interpretado bien el reglamento; si señala en contra, el reglamento pasa a parecernos insuficiente.

Nos cuesta aceptar el límite cuando el límite nos contradice. Tal vez porque hemos confundido libertad con ausencia de normas. Pero la libertad nunca fue eso.

La libertad consiste en saber que nadie puede mover la portería durante el partido. Que la línea seguirá donde estaba cuando empezó el encuentro. Que el rival tiene exactamente los mismos derechos que nosotros. Y que, si algún día perdemos, no será porque alguien decidió ensanchar el campo cuando el balón ya estaba rodando.

Hay quien piensa que las reglas nacieron para impedir la creatividad. Discrepo. Las reglas nunca han sido el lugar donde termina el talento. Siempre han sido el lugar donde demuestra que existe.

Porque las porterías hechas con dos mochilas no limitaban nuestra imaginación. La protegían. Y quizá esa siga siendo la forma más sencilla de explicar por qué merece la pena seguir creyendo en ellas, pese a que nos lo pongan cada vez más difícil. Resistamos.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…