La solución caída del cielo

Esperando al milagro: el Deus Ex Machina sigue muy vivo

Hay pocas cosas más frustrantes que llegar al final de una historia brillante y descubrir que el conflicto se resuelve porque sí.

Después de horas viendo sufrir al protagonista, de decisiones difíciles, sacrificios y giros argumentales, aparece un personaje del que nadie había hablado, una fuerza misteriosa, un poder oculto o una solución que el guion había guardado bajo la manga. En apenas unos minutos, todo queda resuelto.

El espectador se queda con una sensación difícil de describir. No es exactamente decepción. Es algo más parecido a que le hayan cambiado las reglas de la partida cuando ya estaba terminando.

Ese recurso tiene nombre. Se llama Deus Ex Machina. Y lleva más de dos mil años sobreviviendo.

El dios que bajaba del escenario

La expresión procede del teatro griego. Literalmente significa «el dios surgido de la máquina».

La «máquina» era una grúa que permitía hacer descender a un actor caracterizado como una divinidad sobre el escenario. Cuando los personajes ya no encontraban salida al conflicto, aparecía un dios que ponía orden, impartía justicia o solucionaba aquello que los propios protagonistas habían sido incapaces de resolver.

La imagen es magnífica. También tremendamente tramposa.

Ya Aristóteles criticó este tipo de desenlaces cuando servían para resolver conflictos que la propia historia había sido incapaz de desarrollar por sí misma. Si un problema nace dentro de la narración, debería resolverse también desde ella. No mediante una intervención externa.

Han pasado más de veinte siglos.

La grúa desapareció.

El recurso sigue exactamente igual de vivo.

El botón rojo de los guionistas

Hoy ya no bajan dioses desde las alturas. Aparecen multiversos. Viajes en el tiempo. Personajes resucitados. Tecnologías imposibles. Poderes que nunca se habían mencionado.

El Deus Ex Machina ha cambiado de ropa, pero continúa haciendo el mismo trabajo: sacar a los autores de un callejón del que no sabían salir.

Y el público lo nota.

Porque hay algo profundamente injusto en ver cómo un héroe deja de resolver sus propios problemas para que alguien los resuelva por él. No molesta la fantasía. Molesta la falta de mérito.

Las historias necesitan consecuencias

Quizá por eso parte del cine comercial actual empieza a generar cierto cansancio.

Durante años se ha abusado de las visitas al pasado o al futuro, los universos paralelos y las resurrecciones hasta el punto de convertir la muerte en una simple molestia administrativa.

Si un personaje puede volver porque existe otra versión suya en otro universo…

¿Dónde está el peligro?

Si cualquier error puede deshacerse viajando al pasado…

¿Qué peso tienen las decisiones?

Cuando todo puede corregirse, nada termina importando demasiado. Las consecuencias son las que convierten una historia en algo emocionante. Sin ellas solo queda espectáculo.

El jugador no quiere que le quiten el mando

En los videojuegos este problema resulta todavía más evidente. En una película el espectador observa, pero en un videojuego participa. Invierte decenas de horas aprendiendo mecánicas, explorando mundos, tomando decisiones y superando desafíos.

Por eso un Deus Ex Machina no solo rompe la historia. Rompe el pacto con el jugador.

Uno de los ejemplos más discutidos fue el final original de Mass Effect 3. Después de tres juegos construyendo decisiones aparentemente trascendentales, el desenlace colocaba frente al jugador al Catalizador, una inteligencia artificial que concentraba el destino de toda la galaxia. Para muchos, no importaba únicamente el final en sí, sino la sensación de que el esfuerzo acumulado durante años terminaba reducido a una conversación de última hora.

También ocurre, aunque de forma más sutil, cuando un videojuego pasa horas enseñándote unas reglas para, en el clímax, ignorarlas por completo. El enemigo definitivo resulta ser un villano del que nunca se había hablado. Un aliado aparece de la nada para salvarte mediante una cinemática. O un poder completamente nuevo resuelve aquello para lo que llevabas media campaña preparándote.

Es como correr una maratón durante cuarenta kilómetros y descubrir que el último lo hace otro por ti.

Cuando la magia dejó de ser milagrosa

Resulta curioso observar cómo buena parte de la fantasía moderna ha reaccionado precisamente contra este problema. Autores como Brandon Sanderson han popularizado sistemas de magia con reglas claras, límites definidos y costes concretos.

No se trata únicamente de construir mundos coherentes. Se trata de impedir que el escritor pueda sacar un hechizo nuevo del sombrero en la última página. La magia deja de ser una excusa y se convierte en una herramienta.

El héroe ya no gana porque el autor decide regalarle una solución. Gana porque comprende mejor las reglas del mundo. Porque las utiliza con ingenio. Porque se ha ganado el desenlace.

En cierto modo, la magia ha dejado de ser milagrosa para empezar a ser justa.

Quizá el problema no sea narrativo

Pero aquí aparece algo mucho más interesante, ¿por qué detestamos tanto este recurso?

Porque queremos creer que las cosas importantes se consiguen. Que tienen un precio. Que el esfuerzo importa. Que las consecuencias existen. Y, sin embargo, fuera de la ficción hacemos exactamente lo contrario.

Frente al cambio climático confiamos en que una tecnología futura aparezca para solucionarlo todo.

La inteligencia artificial.

La geoingeniería.

La fusión nuclear.

Algún descubrimiento que todavía no existe.

En lugar de preguntarnos qué debemos cambiar, preferimos pensar que alguien inventará la solución antes de que sea demasiado tarde. Es nuestro propio Deus Ex Machina tecnológico.

También sucede en política.

Cada cierto tiempo surge un líder que promete arreglar problemas complejos mediante respuestas extraordinariamente sencillas. Como si décadas de desigualdad, corrupción o tensiones internacionales pudieran resolverse con un discurso brillante o una única legislatura. Es el Deus Ex Machina electoral.

No exige transformaciones profundas. Solo esperar al salvador adecuado.

El milagro cotidiano

La paradoja va todavía más lejos. Criticamos al protagonista que se salva por suerte.

Pero compramos lotería.

Esperamos que cancelen el examen.

Que el correo con la oferta de trabajo llegue justo mañana.

Que una llamada cambie nuestra vida.

Que el mercado inmobiliario baje cuando decidamos comprar.

Que alguien resuelva aquello que llevamos años aplazando.

Vivimos esperando pequeños milagros. Solo que, cuando ocurren en una novela, nos parecen un recurso barato.

Ni todo debe anticipar un desenlace como si la narración fuera un mecanismo de relojería, ni todo puede resolverse mediante un milagro improvisado. Las grandes obras encuentran un punto intermedio. Permiten que el azar exista, pero no que sustituya al mérito.

Quizá el Deus Ex Machina haya sobrevivido más de dos mil años porque nunca ha sido únicamente un recurso narrativo, es una necesidad profundamente humana.

Nos gusta pensar que los problemas deben resolverse con esfuerzo, pero también soñamos con que, cuando todo vaya mal, algo extraordinario aparezca para salvarnos.

En el fondo, no odiamos el Deus Ex Machina, solo odiamos que les ocurra a otros mientras seguimos esperando el nuestro.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…