Almas con código de barras

El negocio del viejo truco del horóscopo

Compartir histéricamente tu Spotify Wrapped o el último test de personalidad de TikTok no es una celebración de tu gusto único; es la rendición incondicional de tu identidad al algoritmo de turno. Creemos que somos sujetos complejos e inescrutables, pero somos desesperadamente predecibles, y el mercado lo sabe. Nos hemos convertido en consumidores de nosotros mismos, comprando descripciones vagas empaquetadas en diseños atractivos para aliviar la angustia de no saber quiénes somos en un mundo hiperconectado. Es el triunfo definitivo del avatar sobre la psique.

En 1948, el psicólogo Bertram Forer demostró nuestra alarmante vulnerabilidad al autoengaño. Entregó a sus alumnos un texto supuestamente individualizado tras un test de personalidad; todos creyeron que los retrataba con precisión quirúrgica, ignorando que el profesor había copiado el mismo horóscopo plano para toda la clase. El ego es un animal hambriento: prefiere una mentira genérica que hable de él antes que el vacío de la indefinición. De eso habla el ‘efecto Forer’. Hoy, las multinacionales del silicio han industrializado este truco de feria mediante el Big Data, transformando el viejo sesgo psicológico en un modelo de negocio multimillonario.

Esta reducción de la experiencia humana a una base de datos no es una novedad. Las plataformas no te descubren quién eres; te otorgan un arquetipo estandarizado y pulido para la retención sensorial. Te venden la etiqueta —el melancólico, el inconformista, el esteta— y el propio usuario se encarga de hacer el trabajo sucio: limar cualquier arista humana, contradicción o pensamiento disidente que no encaje en el molde corporativo. Hemos convertido nuestra salud mental y nuestras pasiones en una marca personal optimizada para el escaparate público.

Como docente, la deriva pedagógica de este fenómeno me resulta pavorosa. Estamos educando a una generación que cede las llaves de su autoconocimiento a los departamentos de marketing de tres multinacionales. Al exhibir orgullosos esas infografías anuales en nuestras redes al grito de «soy yo literal», no estamos demostrando autenticidad, sino enseñando el código de barras de nuestro propio adiestramiento. La verdadera tragedia de la era del silicio no es que los algoritmos hayan logrado descifrar los rincones más profundos de nuestra mente, sino que nos estamos volviendo tan planos, uniformes y predecibles que sus burdas plantillas han terminado por tener razón.

Samuel Beckett escribió Esperando a Godot para retratar la angustia de la inacción humana, pero se quedó corto; hoy no esperamos sentados en un camino a que ocurra algo, sino haciendo clic para que nos valide la existencia un ordenador.

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Soy Álvaro

El 5 de julio de 1954, mi abuelo inauguraba el ‘Liceo Coll’ en Quart de Poblet. El título de esta web pretende homenajearlo.
Después de muchos años enfocándome principalmente en el deporte olímpico, quiero volver a escribir sobre todo aquello que se me pasa por la cabeza: noticias, cine, literatura, deporte, videojuegos…